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FUNDACIÓN

Estados Unidos y su influencia: Carlos Guevara Mann

Desde su fundación como república independiente, Estados Unidos ha proyectado su influencia más allá de sus fronteras con ímpetu y vigor. Así lo demuestra el registro histórico, a pesar de que en sus orígenes, la Unión norteña se definió como entidad política en oposición al imperialismo (en ese caso particular, el imperialismo británico).

El proceso expansionista estadounidense cubre tres etapas. En la fase inicial, que se extiende desde la creación de la Unión (1776) hasta mediados del siglo XIX, mediante compras y conquistas militares Estados Unidos multiplicó su territorio hasta ocupar una enorme franja entre los océanos Atlántico y Pacífico.

Esta etapa culminó con la adquisición de California, en 1848, tras la guerra con México y la Venta de La Mesilla (Gadsden Purchase) de 1853, a través de la cual Estados Unidos obtuvo territorios al sur de Arizona y Nuevo México.

Durante la fase expansionista que se extiende aproximadamente desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, Estados Unidos emergió y se consolidó como potencia regional, sobre todo en la cuenca del Caribe, pero también en el Pacífico norte. Varios hitos históricos marcan este período, el más relevante de los cuales es la victoria sobre España en la guerra de 1898 y la adquisición de Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas en virtud del Tratado de París de ese año.

En la tercera etapa la influencia estadounidense trascendió los límites regionales para abarcar el mundo entero. Los primeros indicios de este alcance mundial se hicieron evidentes durante la Gran Guerra (1914-1918). La entrada de Estados Unidos en el conflicto (1917) garantizó el triunfo sobre Alemania y sus aliados un año más tarde.

Poco después, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la participación estadounidense a partir de 1941 aseguró la derrota del totalitarismo nazi-fascista, que se había constituido en una peligrosa amenaza a la humanidad. De esa conflagración surgieron dos superpotencias –Estados Unidos y la Unión Soviética– las cuales dominaron el escenario mundial hasta el descalabro de la URSS en 1991.

Tan impactante y rápido fue el ascenso de Estados Unidos a una posición preponderante que ese fenómeno, junto con el de la erosión del poderío estadounidense, es el que suele ocupar la opinión pública en una fecha como ésta, que conmemora el 236 aniversario del establecimiento de la Unión norteña. Sin embargo, otros elementos vinculados a la fundación de Estados Unidos son tan relevantes para los pueblos del mundo como el expansionismo y la hegemonía de Washington en las décadas que siguieron al 4 de julio de 1776.

La Declaración de Independencia de esa fecha dio inicio al desarrollo del constitucionalismo moderno, que desde entonces ha servido de modelo para muchas sociedades. En particular, las democracias de tipo presidencialista, como lo son todas las repúblicas iberoamericanas desde México hasta Chile y Argentina, tienen como prototipo la Constitución estadounidense de 1787.

La Ley Fundamental de la Unión, aprobada tras largas deliberaciones, constituye un brillante experimento de ingeniería constitucional que conjuga antiguas tradiciones políticas en un único texto que sirvió de base al establecimiento de la primera república democrática y liberal de la era moderna. Esencialmente, el documento representa una reacción ilustrada a la tiranía e instituye parámetros efectivos para prevenir este tipo de régimen, sobre todo a partir de la separación y el balance de poderes públicos (antigua tradición romana), el gobierno popular (constituido mediante el concurso de todos los miembros de la colectividad) y el imperio de la libertad.

Como bien lo sabían los fundadores de la Unión norteña, debido a la naturaleza humana el ejercicio del poder público contiene el germen de la tiranía. Para evitar el despotismo, que es contrario al desarrollo humano y a la felicidad de los pueblos, el ejercicio del poder debe distribuirse entre varias ramas.

En Estados Unidos la distribución opera a dos niveles: a nivel nacional –entre el ejecutivo, el Congreso (con sus dos cámaras) y el sistema judicial– y entre el gobierno federal y los gobiernos estatales. La independencia de cada uno de estos órganos, junto con el respeto por la Constitución y las leyes de la nación, representan una garantía importantísima contra el abuso de poder.

Ante las amenazas de despotismo que se ciernen sobre muchas sociedades contemporáneas, afianzar la separación de poderes, el estado de derecho y el régimen de libertades ciudadanas es el desafío que esta fecha histórica les plantea.

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