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CAMPAÑAS POLÍTICAS

Del Club Unión a Punta Barco: Xavier Sáez-Llorens

En Panamá, con tal de alcanzar poder, no importan los medios que se utilicen para lograr el fin. Los antecedentes, membresías e ideologías que poseen los partidos políticos solo sirven para la masturbación mental de sus dirigentes. Lo único relevante es ganar las elecciones para saciar el apetito de selectos grupos económicos. Los vocablos “pueblo” y “patria” se usan para maquillar la imagen en público mientras prevalecen las componendas personales en privado. En antaño, los presidentes se escogían en el Club Unión durante reuniones entre millonarios.

Ahora, el sitio de encuentros parece ser Punta Barco, en alguna mansión de esos que han gozado crónicamente de prebendas estatales. El Tribunal Electoral es considerado un santuario de pulcritud en la fase de conteo de votos. La libertad del sufragio, sin embargo, no solo ocurre ese día sino desde meses antes. Excesos de propaganda oficialista, proselitismos basados en promesas irresponsables, encuestas arregladas, medios parcializados, donaciones clandestinas a campañas y alianzas a la carta vulneran también la integridad de las elecciones.

Pese a que somos 3.5 millones de habitantes, tres reyes magos criollos decidieron trazar el futuro para la próxima década, repartiendo el pastel entre dos colectivos históricamente antagónicos. Independiente de que gran parte del texto de reformas es necesario para adecentar al país, en particular lo referente a rebajar los poderes presidenciales y separar los órganos del Estado a través de una constituyente, la fórmula plasmada por estos apocalípticos redentores es una bofetada a la dignidad de los votantes. Resulta curioso, además, el ambivalente discurso sobre este tipo de coaliciones. Todavía recuerdo la acérrima crítica sufrida por Ricardo Arias Calderón, sin duda el más intelectual de los políticos panameños en los últimos tiempos, cuando se gestó el pacto META para unir los planes programáticos del PRD (Partido Revolucionario Democrático) y PDC (Partido Demócrata Cristiano). Se publicó una despiadada caricatura en su contra y no hubo ninguna aclaración editorial para salvaguardar la honesta reputación del líder de la Estrella Verde. Si se pensara genuinamente en la nación, la propuesta debió ser idéntica a la esbozada por el Dr. Pichel en la columna dominical precedente. Ambos candidatos debían ceder su puesto a un individuo independiente, de ética comprobada, hasta que una nueva Constitución definiera el futuro a seguir mediante reglas de juego realmente democráticas. Era fácil suponer que ninguno de los aspirantes tenía la mínima intención de claudicar. Demasiado dinero circula en el país como para desaprovechar la oportunidad de enriquecerse durante el próximo quinquenio. Ellos, además, negociaron a espaldas de sus afiliados, en clara antítesis de auténticos valores democráticos. Pensar que existen políticos honestos que solo velen por el bienestar colectivo y no el particular es una utopía. Ninguno de ellos esboza una estrategia clara y detallada sobre como prevenir la corrupción y asegurar certeza de castigo para corruptores y corrompidos. Hasta que no vea a un mandatario ejerciendo un combate frontal a la habitual podredumbre, mi voto de ahora en adelante será blanco. Es la mejor manera de vivir con la conciencia tranquila y no sentirse tonto útil.

Nuestra sociedad adolece de memoria política. El gobierno vigente es siempre el peor de la historia. La juventud actual desconoce el contubernio que hubo entre PRD y la dictadura militar durante la aciaga época castrense. Después de 1990, se eligieron gobiernos democráticamente y todos han sido vinculados a enormes escándalos de corrupción. Leoninas privatizaciones de industrias nacionales, licitaciones amañadas, adjudicaciones de puertos, aperturas provechosas de casinos, mansiones de allegados partidistas en áreas revertidas, faros y boyas en océanos, congelamiento de dólares, hundimiento de helicóptero, casa de Punta Mala, manejo financiero de museos y fundaciones, delegaciones viajeras a Mónaco, sobornos del CEMIS, tajadas en cinta costera, robos del FIS, fibras de vidrio para techos escolares, cambios de zonificación en la capital, tierras de Punta Chame para familiares, permisos de construcción por ingeniería municipal, sobrecostos en múltiples obras, adquisiciones de radares y cárceles móviles, tierras de Paitilla y Juan Hombrón, contrataciones directas y un largo etcétera, forman ya parte del baúl de recuerdos. Todos los gobernantes, sin excepción, nombraron a magistrados y procuradores afines. Ninguno de ellos investigó o condenó a figuras prestantes de las administraciones respectivas.

No nos engañemos. Vivimos en territorio juega vivo. Panamá ha sido por centurias una nación de comerciantes y oportunistas. Elegimos autoridades a las que nos parecemos y merecemos. Por más declaraciones de transparencia y honradez que se viertan ante micrófonos o cámaras, políticos, empresarios, banqueros, jueces, bufetes de abogados, periodistas y ciudadanos en general violan principios éticos fundamentales, pese a exhibir rostros compungidos o retóricas de pureza. Coimas, chantajes, evasiones de impuestos, negocios en paraísos fiscales, “donaciones” proselitistas, clientelismos políticos, informaciones privilegiadas y favores para obviar pasos legales, entre muchos otros, se suceden de manera cotidiana.

Solo basta apreciar que, pese a toda la percepción de indecencia, más del 60% de la población apoya la gestión de Martinelli. Mientras haya bonanza estatal, empleo, buen salario mínimo, obras visibles, subsidios populistas y estrategias de rebusca individual, se antoja difícil ver una rebelión social masiva clamando por transformar el sistema político en vigor. Como bien decía Clinton, “es la economía, estúpido”. Triste realidad.

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