HIGIENE MENTAL

Voces en la azotea: Dicky Reynolds O´riley

Vincent van Gogh, Ernest Hemingway, Isaac Newton, Edgar Allan Poe, Ludwig van Beethoven y Dalí, entre otros, tenían un denominador común, aunque ahora son considerados genios de la creación artística y científica, eran personas con algún tipo de trastorno mental ignorado en sus biografías, por sus aportes a la humanidad.

La higiene mental del mundo en general está en crisis y Panamá no escapa de dicha realidad; preferimos silbar y mirar hacia otro lado para ignorar el problema. Todos, culturalmente, hemos sido educados para ver al enfermo mental como el individuo al que los ojos le dan más vueltas que un carrusel o al furioso que hay que amarrar. La familia, como núcleo principal, se abstrae del individuo caído en desgracia mental, unas veces por ignorancia, otras por el estigma que produce el ser diagnosticado por dichos males.

Nadie quiere hablar de este tema tan álgido como el cáncer, el sida, etc. Más fácil resulta comprar condones en la farmacia que los medicamentos para controlar los desequilibrios químicos de la mente. Por nuestro carácter de aficionados al sincretismo, a los hechiceros y a la quiromancia, con más facilidad acudimos ante los brujos, videntes o tahúres para que nos despojen de los maleficios o posesiones, antes que postrarnos ante un siquiatra o sicólogo expertos en recorrer los recovecos de la mente y reconocedores, de manera científica, de los achaques emocionales que nos aquejan.

La sociedad somete a un eterno abuso a quienes padecen de algún trastorno mental y no son pocos los que para descalificar a una persona la tildan de loca, tarada, retrasada mental. Solemos esconder estos males familiares en el clóset –si tenemos la posibilidad de mantener al afectado– o tirarlo a la calle para que se valga por sí mismo y que Dios se encargue de él.

Esta sociedad no es humanista, tiende a vilipendiar y humillar a aquellos que vagan erráticos en su juicios. Los tratamos como artistas circenses que nos provocan la risa, lo que no es más que burla por sus conductas o espectáculos callejeros gratuitos. En el caso de las mujeres hay gente, supuestamente normal, que se atreve a hacer uso sexual de ellas, aprovechándose de su condición.

Aquí hay comités para defender desde los pingüinos de Alaska hasta el Casco Antiguo de la ciudad, pero no somos proactivos en cuanto a respetar la condición humana. Sin saber, en lo particular, si el señor presidente se medica por los males que se le endilgan, creemos que la solicitud de un estudio de récord en cuanto a su mente es faltarle no solo el respeto a él, sino a aquellos que padecen la tortura de ser señalados, despectivamente, como locos.

El ingrediente político tiende a subjetivizar los juicios de valor sobre los tópicos en los que se introduce y sobre este particular no es ajeno. La privacidad es el último escudo que protege a quien no muestra evidencia de padecimiento o desajuste emocional; según las estadísticas una de cuatro personas en el mundo está enferma en algún grado, aunque parecieran interactuar con normalidad. En el menú de enfermedades mentales podemos contabilizar la ansiedad, depresión, trastornos bipolar, esquizofrenia, autismo, síndrome de asperger, demencia senil, etc.

Aceptar ello, sería permitir que mañana se indague sobre los hábitos o preferencias sexuales de los ciudadanos, so pretexto de rendir cuenta de su conducta en el cargo, aunque esto no sea trascendente. La dignidad de los que tienen algún padecimiento mental, ya sea Dalí o Chaflán, debe ser respetada, sobre todo, porque nadie sabe mañana de dónde vendrán las voces que escucha y si en el laberinto de la mente habrán salidas que no sean muros, que nos lleven a divagar en la irrealidad o, simplemente, en la locura.

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