SOCIEDAD

Sobre abrazos y besos: J. Enrique Cáceres-Arrieta

Los panameños no somos dados a abrazar y besar. Solemos ser poco expresivos. En nuestra cultura, los abrazos y besos son rarezas. Las mujeres son las que más besan. Los varones panameños verían “sospechoso” que un hombre acostumbrara abrazar a otros hombres. ¡Sería peor si los besara! Es cuestión cultural, porque en la Argentina conocí un anciano que no solo me abraza, sino que también me besa. Tuve un pastor estadounidense que abrazaba y besaba a toda la congregación. Es cuestión cultural.

En la mayor parte de familias panameñas, por ejemplo, no hay abrazos ni besos. Tampoco en mi familia cercana vi esas “excentricidades”. De ahí que, antes de engendrar a mis hijos, veía muy “extraño” que un vecino besara a su pequeño. Tal comportamiento lo consideraba “afeminado”.

Aun cuando muchos lo nieguen y otros traten de justificarla, la cultura panameña es homófoba. El homosexual ha sido y es blanco de burlas, chistes y discriminación profesional. Y llamar a otro homosexual es un insulto para muchos. Sin embargo, los contraataques y defensas no han sido menos agrios. ¡Qué enrevesado es guardar el punto medio entre la condena y la alcahuetería!

Al nacer mis hijos y crecer, caí en cuenta de que aquella revoltura emocional sentida al ver a mi vecino besar a su hijo, estaba asentada en ignorancia y homofobia cultural, que cree que besar a nuestros varoncitos los convertirá en homosexuales. “Mi hijo tiene que ser un macho”, dicen papás homofóbicos y machistas. Y al cumplir 18 años –o antes– lo llevan a un prostíbulo para que “aprenda a ser macho”, ignorando que –según el siquiatra Alexander Lowen– el varoncito debe reafirmar su masculinidad con papá. Y el hombre deberá hacerlo con otros hombres (no tiene nada que ver con parafilia), no utilizando a la mujer. Si no lo logra, debe ir a terapia.

Privar a nuestros varoncitos de abrazos y besos surte el efecto contrario deseado. El chico que no se abraza y besa en casa buscará abrazos y besos fuera, pues nuestra mayor necesidad natural es ser amados y amar. Y, por desgracia, los gavilanes polleros sacan provecho de las hambres de amor o afecto de los jovencitos para encaminarlos por la homosexualidad. Realidad de la cual soy testigo ocular, pero muchos la ignoran o no quieren ver.

Mientras mis hijos aprendían a caminar, pensaba yo que los abrazaba solo para colmar sus hambres de amor. El autoconocimiento permitió descubrir que abrazarlos y besarlos llenaba también mis carencias de amor o afecto. Ese alimento del alma que nunca había recibido en el hogar. Abrazar y besar a mis hijos era y sigue siendo terapia de doble dirección: los bendice y me beneficia. Así que es equivocado creer que al abrazar o besar el único bienaventurado es el receptor de abrazos y besos.

Entre tanto estén los hijos pequeños, es fácil abrazarlos y besarlos, porque aún la cultura no les ha contaminado con el veneno homofóbico de que “los hombres no se abrazan ni se besan”. Hasta los 14 años, Pablo, mi hijo mayor, no ponía objeción a que lo abrazara y besara en público. No obstante, llegado a los 15 decía a media voz: “Papá, no me beses aquí”. El pedido era debido a que yo lo abrazaba y besaba delante de sus amigos. Respeté el deseo de mi hijo y solo lo abrazaba en público, mas lo seguía besando en privado. Hace dos años que a Pablo ya no le importa si su papá lo abraza y besa frente a sus amistades. Entendió la preeminencia del amor y acciones de cariño paternales sobre lo cultural o el qué dirán.

Los padres estamos obligados moral y espiritualmente a proveer amor a nuestros hijos. (No pocos papás creen que lo material es suficiente) Mas la vida “posmoderna” y el capitalismo salvaje en los cuales vivimos demandan excesiva actividad física (extremado hacer en detrimento del ser) que invertimos más tiempo en la oficina o lugar de trabajo que en nuestra familia, pasando por alto lo más importante: el amor y comunión familiares. Amor a nuestros hijos, quienes son nuestra extensión del mañana.

Por no haber sido abrazadas y besadas en primera infancia, muchas madres no tienen ni la más remota idea de que los pequeños requieren abrazos y besos. Contacto físico además del emocional. (No se puede dar lo que no se tiene, salvo que busquemos ayuda sicológica o espiritual). En efecto, el pecho materno cubre las necesidades orales del bebé. El niño amamantado no solo es bien alimentado por los maravillosos e incomparables nutrientes que contiene la leche materna, sino que también recibe amor, apoyo y placer. Además de que satisface su necesidad fisiológica de succionar. Succión que produce en el infante respiración profunda, que llena su bajo abdomen de energía y sentimiento. Asimismo, le proporciona contacto físico vital para que el bebé experimente su propio cuerpo. ¿Cuántos infantes han tenido el placer de gozar este tipo de acercamiento con su madre? ¡Poquísimos! (Los niños pequeños modernos han sido y son víctimas de madres abandonantes) A ello se debe que innumerables jóvenes y adultos vivan ansiosos y buscando saciar hambres de amor y contacto en el sexo, dinero y poder. Esto es, en relaciones y situaciones disfuncionales.

Ningún humano ni situación puede llenar el vacío interior de quien no fue amamantado o lo fue muy poco. Ninguna succión, por prolongada o placentera que sea, podrá proporcionar el alimento emocional, amor, calor, contacto y placer que la persona precisó siendo bebé. Un neonato bien lactado es un niño pleno y un joven y adulto con correcta autoestima.

¡Mamá, amamanta a tu bebé! Si fuese fisiológicamente imposible, aliméntalo con biberón, mamadera o tetero, pero hazlo en tus brazos a fin de que sienta tu calor, amor y contacto. El bebé que no se toca ni acaricia perece a causa de marasmo emocional. Será el neurótico de mañana.

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