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COMPORTAMIENTO SOCIAL

La actual minoría de edad: Yashiro Díaz

Antes de iniciar este ensayo, quisiera referirme a la imperante necesidad de la elaboración de argumentos críticos y cuidadosos. A pesar de requerirse una construcción lógica de un argumento válido, esta no es suficiente. La retórica y la ética, opino, es menester en el debate para lograr los objetivos: persuadir para bien. Se debe evitar, en lo posible, la concurrencia a múltiples falacias implícitas en un debate: Ad hominem (atacar al oponente), Ad populum (elevar las pasiones del público), la adulación a este, la invocación inapropiada a la autoridad, a la ambigüedad de ideas, entre muchas.

Opino que los medios de comunicación siguen siendo una herramienta útil para la educación y la difusión de ideas. Así ocurrió en la Ilustración, siglo XVIII, donde los diarios, los ensayos, las epístolas, las reuniones en salones y academias eran la forma de producir y transmitir ideas. Elevo una petición a todos aquellos lectores y escritores a promover un diálogo pacífico, para que las personas puedan exponer sus argumentos, y se permita el debate, sin recurrir a falacias que destruyen la dialéctica en una sociedad democrática.

No puedo (ni debo) imponer la forma de ensayar, ya que el ensayo en sí es un género que se caracteriza por la libertad; pero sí puedo exponer mi forma particular de hacerlo: se basa en el intento de ser crítico, de no temer al ridículo ante la exposición de mis ideas, procurar una actitud pacífica centrada en las humanitas y la paideia (una educación basada en virtudes, no sólo en la técnica)

¿Por qué me refiero al período de la Ilustración? Debido a un filósofo que construyó (como todos nosotros lo hacemos través de la historia) y defendió su pensamiento basado en la frase Sapere Aude (¡Anímate a servirte de tu propio entendimiento!). ¿Por qué remitirme a Inmanuel Kant, dos siglos después, cuando vivimos en la era de la sociedad de la información? Quizás porque nuestro entendimiento aún persiste en permanecer en su minoría de edad, ya no por dogmas religiosos, sino por el mal uso de la tecnología, la masificación de información sin sentido, por el temor a las autoridades (en lugar de respeto), por la publicidad y mercadeo de artículos innecesarios para subsistencia, por un fenómeno religioso en el que basamos nuestras deliberaciones (astrología, horóscopo, la suerte, la guía del tutor en asuntos de religión) y, paradójicamente, por la misma “educación” contemporánea. De la privatización y mercantilización de la educación superior egresa lo que hoy se denomina, en términos neoliberales, un “capital humano”. Este no es más que individuos autómatas que desarrollan una función específica (a veces desconocida por ellos) como parte del engranaje de una macro-estructura económica.

Ya no es requisito fundamental (sino obligado por los actuales procesos de acreditación) formar al estudiante integralmente, con conocimientos científicos, tecnológicos y humanísticos. Este último parece no ser importante. Pronto nos percataremos de la necesidad de acudir a la formación humanística cuando existan secuelas; tal cual ocurre con la actual tesis del desarrollo sostenible contra la falsa concepción que pregonaba el imprescindible sacrificio de los recursos naturales en aras de un crecimiento económico indicado en cifras (producto interno bruto).

Por ello, como expuso Kant en su respuesta a la pregunta: ¿Qué es Ilustración?, debemos “salir de nuestra minoría de edad y servirnos de nuestro propio entendimiento”. Debemos ser entes autónomos, guiados por una conciencia ética, y no por agentes heterónomos (que deliberen por nosotros).

Es preciso cultivarnos como hombres y mujeres integrales, capaces de comunicarse en un lenguaje múltiple (científico, tecnológico y humano). Así lo vislumbró el doctor Octavio Méndez Pereira al fundar nuestra casa superior de estudio; sin embargo, muchas instituciones superiores se empeñan en ser agentes de proliferación masiva de diplomas y patentes para masacrar al estudiantado a un proceso de privación del entendimiento y, de esta forma, ser fácilmente manipulables.

Aún existen tutores (catedráticos) que se disponen a velar por esta formación integral e individuos con una inminente sed de maduración: Sapere Aude.

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