MATERIA ELECTORAL

Entre brujos, adivinos y encuestadores: Dicky Reynolds O´Riley

“En política no hay sorpresas, sino sorprendidos”, frase anónima que hoy cobra vigencia. La artillería propagandística progubernamental estaba enfilada contra la oposición, en particular, Juan Carlos Varela. Todo hacia ver que su candidato regiría los destinos del país en el próximo quinquenio, hasta él se lo creía. Su debacle empezó con las filtraciones de su call center, en donde se olía pesimismo, ante la inminente derrota y por cómo se fraguaban los ataques a los enemigos que remontaban en las preferencias de los electores.

Recuerdo que hace tres décadas, Carlos Duque era el candidato de los cuarteles y cuando se preguntaba ¿quién es el hombre?, la respuesta obligada era: “Duquiriviris”. Entonces, no había encuestadoras, pero la realidad fue otra cuando sucumbió ante una avalancha de votos en su contra, por lo que patentizo este fenómeno con su nombre, para explicar lo que le sucedió a José Domingo Arias.

El hecho de atacar a Juan Carlos Varela fue una especie de bumerán que se le devolvió al gobierno, porque ello lo fortaleció y creó un efecto empático en los electores por su supuesta debilidad ante el monstruo. Como la desigual lucha entre David y Goliat. A esto hay que sumar su pasividad y estoicismo, que colinda con la personalidad de un monje budista, lo que lo proveyó de una pléyade de adherentes.

Para el gobierno, Juan Carlos Navarro no existía, no le daba créditos al PRD. Se veía como una oposición sospechosa, que estaba inmersa en su lucha interna, situación que supo campear Varela, al ignorar a quienes ponían en tela de duda su liderazgo, por ejemplo, Mireya Moscoso y su séquito.

Navarro, con su conducta lesseferista, condimentada con la proyección de su imagen, sobre todo en los debates, se la pasó chileando, dicho en sus palabras, cosa que no le gustó a la audiencia. No mostró esa garra PRD, algo inusual para efectos de los militantes de ese partido, lo que desafilió a mucha membresía.

No hay que demeritar que el lema “El pueblo primero” tenía más coherencia para efectos de lo que desea el elector. Era una versión mejorada del gobierno actual. Arias parecía ser el niño al que le hacían las tareas. En cambio, Varela, pese a no tener un talento natural de liderazgo, lucía como el macho alfa que, hasta en la política, es necesario. Esto a la hora de la verdad suma. La pretensión de las encuestas era condicionar el voto a favor de tal o cual candidato.

Por otra parte, la verborrea y charlatanería de individuos que se creían gurús en temas políticos, con opiniones sesgadas, no tuvieron apego en la opinión pública. A los aprendices de dictadores les gusta recibir la venia intelectual para sentirse pensadores profundos, a pesar de que alquilen mentes. Los aduladores hacen ver que el rumbo de la nave es correcto, aunque haga “aguas”. Otra gran verdad es que el ciudadano navegó con una bandera distinta y que la “ignorancia política” no es su etiqueta. De ahora en adelante las encuestas tendrán la misma confiabilidad que las bolas de cristal de los que practican la quiromancia y otras artes adivinatorias.

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