RESPETAR LA NATURALEZA

Una advertencia: Robin Rovira Cedeño

Hay árboles cuyos frutos se pudren en el suelo, porque sus dueños no los recogen. Viene a mi mente, entonces, aquel pensamiento que dice: “Las bendiciones que se rechazan se convierten en maldiciones”. Y es que el pecado más grande de algunos es la ingratitud.

Hace poco contemplaba a un anciano recoger un mango del suelo y devorarlo con avidez. Sentí, entonces, como si estuviera pisando tierra sagrada, porque aunque aquel cuadro pudiera resultarle grotesco a alguien, a mí me pareció un ritual. “Bienaventurados los pobres porque comen con hambre”.

Los ricos, generalmente, cuidan excesivamente las formas y, abriendo un paréntesis, diré que si bien es cierto que las formas o formalidades son necesarias porque nos ayudan a conservar el decoro y diferenciarnos del reino animal, razón por la cual nunca me ha gustado aquello de “moda irreverente o desenfadada”, no es menos cierto que si las cuidamos en exceso nos privan de darnos cuenta de que las bendiciones de Dios radican en las cosas sencillas y espontáneas.

La ingratitud nos lleva a ser pretenciosos, al grado de creer que el hombre salva a la naturaleza cuando en realidad es la naturaleza la que salva al hombre. El ser humano debe respetar a la naturaleza, esto es diferente.

Apelo a la conciencia de los ricos, porque ellos pueden cambiar en muchos aspectos el destino de este país. Leía, por ejemplo, cómo el abogado de Stavros Niarchos le decía al famoso magnate: “Señor, lo que usted pide no se puede hacer porque la ley no lo permite”. Stavros le miró y dijo: “Yo soy la ley”. No infiero que los ricos actúen al margen de la ley; afirmo que los ricos pueden promover la modificación o creación de leyes para bien. Lo sucedido con la crisis energética es una clara advertencia de cosas peores que podrían sobrevenirnos si no se modifican o crean leyes más estrictas sobre el ambiente.

Las lluvias han sacado a flote enormes cantidades de basura y se continúan talando árboles. De la misma manera que evadir impuestos equivale a negarles comida y educación a los ciudadanos, talar árboles y tirar o no recoger la basura equivale a negarles salud a los ciudadanos.

Apelo, pues, como bien mencioné, a la conciencia de los ricos o magnates de nuestro país para promover la modificación o creación de leyes que permitan que Panamá sea lo que significa su nombre: “abundancia de peces”. Abundancia de comida, en otras palabras.

Recuerdo cuando mi abuela le decía a mi abuelo: “Lino, ¿y ahora, qué vamos a comer?”. Mi abuelo, entonces, iba al río y traía pescado. Problema resuelto.

Ojalá fuera tan sencillo actualmente, pero “la Tierra se ha envejecido como ropa de vestir” (Isaías 51: 6). La ingratitud de sus hijos la ha hecho envejecer de tal forma que es probable llegue el día en que nos niegue completamente sus frutos. Porque “las bendiciones que se rechazan se convierten en maldiciones”.

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