REFLEXIÓN

Para alcanzar la madurez: Arturo Lee

Fuera de Panamá, a las personas les cuesta creer que soy panameño, mis rasgos asiáticos obligan a dar explicaciones sobre mis padres emigrantes y de cómo llegué a hablar castellano con tanta soltura.

Afortunadamente, estas explicaciones quedaron para décadas pasadas, hoy vivimos en un mundo globalizado en el que las personas de cualquier origen étnico pueden representar cualquier nacionalidad, siempre y cuando cumplan con las condiciones establecidas por el país, como haber nacido allí, tener un padre o madre nacido en el país o cualquiera otra.

Al margen de los aspectos legales, el sentido de pertenencia a una nación es mucho más que un pasaporte, hay un conjunto de sentimientos que son la identidad pura y auténtica, algo que se lleva en el alma y que no es fácil de describir con palabras. Ser panameño es mucho más que gritar cuando juega la selección nacional, colocar nuestra bandera en el carro durante el mes de noviembre o llenarte de emociones cuando entonan la canción Patria de Rubén Blades; es más que sentir ese cobijo de paz y tranquilidad, cuando saboreas un sancocho hecho con olor a leña, mientras escuchas las alegres notas de nuestra música típica.

He sido bendecido por vivir en una época trascendental de nuestra historia. En mis años escolares el respeto a la bandera era malinterpretado como simpatía al régimen dictatorial de la época, luego nos debatimos pensando si éramos capaces de vivir en democracia y reconstruir el país; años después derramamos lágrimas cuando recibimos el Canal y declaramos la soberanía en todo nuestro territorio y demostramos que no solo somos capaces de administrar el Canal, sino de llevar adelante a un joven país por las sendas del progreso, aun en medio del torbellino financiero que sigue acosando a las grandes potencias del mundo.

En cada una de estas etapas la identidad patriótica se fortaleció. Hoy no tengo dudas del arraigado amor a la patria que tiene la mayoría de mi generación, pero mi preocupación radica en las nuevas generaciones, que no han conocido lo que pasa cuando la libertad de un pueblo es coartada ni conocieron a los líderes que arriesgaron sus vidas por la democracia que hoy gozamos.

Panamá vive un período de transición, queremos mostrar un rostro de primer mundo, pero padecemos de males tercermundistas y en ese ánimo de saltar obstáculos antes que caminar, nos olvidamos de nuestra responsabilidad de cuidar nuestra identidad. Me duele que no conservemos nuestra historia con el respeto que se merece; debemos darnos cuenta de que nuestra “patria tan pequeña” ha crecido y como una rebelde adolescente, le cuesta dejar el comportamiento infantil característico en gran parte de su vida. Ese comportamiento que conocemos como el “juega vivo” ha sido el vicio que no permite a Panamá crecer; una maraña de corrupción, avaricia, inseguridad, irrespeto, deshonestidad y violencia, entre otros males, que amenazan con convertirse en habituales de nuestro día a día. En este noviembre invito a tomar acción por Panamá, es hora de que el “juega vivo” descanse en paz, el país necesita de todos los panameños.

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