´URBECONOMÍA´

Una alianza para tener mejores ciudades: Álvaro González Clare

La ciudad de Panamá, como la hemos construido, es un asentamiento urbano insostenible, pero un excelente sitio para hacer negocios. Los actores en este proceso la han convertido en un enorme comercio que beneficia a los bancos, gestores y constructores de edificios, al gobierno central, a los vendedores de autos y a la publicidad exterior, entre otros, en detrimento de la calidad de vida de sus habitantes.

Para comprobar la certeza de lo indicado, basta darle una mirada al perfil urbano y vivir unas horas en el atribulado, opresivo, ruidoso y sucio ambiente y ver el escenario que ofrecen nuestras calles, avenidas y sitios públicos. Este artículo no pretende ser uno más con la incisiva y aburrida crítica que conocemos y soportamos con estoicismo. Al contrario, pretendo hacer un aporte que abra una ventana de esperanza al futuro.

Cuando participé en los eventos y seminarios, durante la celebración de la reunión anual de asambleas y gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo, comprobé con sorpresa y admiración cómo los empresarios latinoamericanos y los banqueros hacían alianzas para relacionar la biodiversidad y sostenibilidad en los negocios introduciendo el término “bioeconomía” en el léxico del comercio regional. Aprecié estadísticas que indican claramente que el continente americano será dentro de 20 años el más urbanizado del planeta; sin embargo, en ninguna de las conferencias se trató el tema urbano, pese a su importancia.

De lo anterior concluí e interpolé, dentro de mi permanente preocupación sobre el futuro de la ciudad de Panamá, la urgente necesidad de que los actores más importantes y beligerantes en crecimiento imiten las tendencias que han adoptado sus homólogos banqueros, constructores e inclusive gobiernos centrales en las relaciones entre negocio y ambiente. Sustentado en esta idea quiero puntualizar una propuesta que modula de forma positiva el crecimiento inmediato de la ciudad.

Para esto se precisa concretar una alianza entre los constructores y gestores de urbanizaciones y edificios con los bancos, conciliando los intereses del negocio comercial e inmobiliario con los urbanos de forma que los réditos de la inversión no sean solo buenos para el negocio, sino para la ciudad, lo que definiría como “urbeconomía”. Esta alianza no debe tener un costo negativo en el negocio que hacen estos actores dentro de la ciudad. Al contrario, igual que en las experiencias previas que llevan años haciendo en los “negocios verdes” o en la bioeconomía, el valor agregado será solo un asunto de cambio de conciencia y aptitud en los comerciantes, con más beneficio que costo.

Reconozco que lo ideal sería una asociación público privada en la que además de los actores mencionados, participe el Ejecutivo y los gobiernos locales, pero esta posibilidad ha sido desvirtuada por la mala interpretación de esta iniciativa por parte de la oposición política, grupos de izquierda y la distorsión mediática. Esto obliga a la exclusión del Gobierno, porque la degradación de la ciudad es tan grave que amerita actores más ágiles y capaces de hacer los cambios que los políticos no han generado hasta ahora en un desarrollo urbano focalizado en planes parciales.

Para que el crecimiento en la ciudad sea sustentable, hay que cambiar la forma de hacer negocios. Es preciso que los bancos introduzcan, a través de sus préstamos interinos e hipotecarios, un nuevo modelo de economía en la construcción de edificios. No podemos seguir pensando que la ciudad es solo un gran lugar para hacer negocios; hay que agregar en el comercio un nuevo valor en el capital urbano, incluyendo la calidad de vida de los habitantes en la construcción de edificios e infraestructura.

Hay que contabilizar en las decisiones económicas el beneficio o daño que el negocio inmobiliario hace en la ciudad y lo que le genera a sus habitantes. Se requiere incorporar dentro de las políticas de riesgo de los bancos y aseguradoras y en el análisis de los créditos bancarios e hipotecarios, las buenas prácticas urbanas; igual que los bancos centrales de la región han adoptado en su política de riesgos las buenas prácticas ambientales.

Como se hace en los negocios ambientales, que la medida utilizada para conocer el beneficio o daño ecológico es contabilizando la retención o emisión del carbono, de manera similar en los negocios urbanos debemos comenzar a introducir en el análisis de los proyectos que se someten al crédito bancario, los beneficios o daños urbanos que le generará a la ciudad. Para esto hay que contabilizar valores como la densidad apropiada de ocupación del suelo, la ubicación dentro del territorio de uso prioritario, la baja o nula dependencia en el uso del automóvil, la carga que incorpora a los sistemas de infraestructura instalada, los valores de convivencia social, la eficiencia energética e inclusive la afectación ambiental, valores que podrían ser parámetros medibles en las buenas prácticas para la selección crediticia de los proyectos.

Esta posible alianza entre los actores, los bancos, los gestores y constructores podría ser novedosa, esperanzadora y nuevo nicho de inversión para el negocio inmobiliario, reorientando el crítico crecimiento de la ciudad y, además de buenos resultados en los proyectos que beneficien a los ciudadanos, supondría un buen rédito económico.

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