SOCIEDAD

El amor y la amistad, más que un día: Enrique Jaramillo Levi

El 14 de febrero ha sido consagrado en el mundo como el Día del Amor y la Amistad. Y sin duda, aunque son legión quienes aceptan la festividad como una válida y simpática manifestación romántica de la que les gusta formar parte y, además, de que de esta celebración se beneficia el comercio mundial, no deja de ser una fecha más en el calendario, creada de forma coyuntural para, por un lado, exaltar valores, pero también para enriquecer bolsillos todos los años, como tantas otras festividades inventadas por el hombre.

No obstante, es propicio reflexionar en torno al significado real del concepto “amor”, así como de lo que en verdad se implica cuando aludimos de forma consciente y responsable a lo que entendemos por “amistad”. Y lo hago de manera personalísima, empírica, casi intuitiva y, por tanto, nada académica; sin acudir a estudios sicológicos ni sociológicos específicos de respetables científicos e investigadores, ni a disquisiciones siempre en boga cuando se abordan temas tan relacionados, no solo entre sí, sino también con el devenir ancestral de la especie humana. Incluso lo hago ahora, lo confieso, aprovechando la oportunidad, sin haber meditado en otras ocasiones de forma consciente y deliberada sobre estos temas. Pero siempre, como reza el dicho, hay una primera vez.

Si bien las definiciones pueden, sin duda, resultar útiles para ayudar a comprender mejor fenómenos de diversa índole y conceptos concretos o abstractos, resulta evidente que no todo se resuelve –ni mucho menos– quedándonos en la pura y dura definición de algo. Es un poco como asumir como válida y terminante la consistencia de la cáscara de algo sin considerar los componentes internos de un complejo contenido. Aunque, por supuesto, podemos amar a familiares y amigos, así como a causas e ideales, elijo aquí hablar del amor hacia una persona que eventualmente, en una situación ideal, es o podría llegar a ser nuestra pareja. Decir que amar es una forma de venerar y respetar sin condiciones al ser todo del otro, desde los sentimientos más arraigados, de manera vehemente y comprometida, sin esperar nada a cambio, aunque ciertamente ayuda al pensamiento analítico no resuelve la complejidad del asunto ni su densidad e implicaciones. Solo contribuye a externar unos pocos elementos que podrían ser útiles para empezar a acercarnos a una comprensión más cabal.

Entiendo, entonces, el amor como un sentimiento universal pero particularizado que, al darse sin cortapisas ni ambages, expande hondamente lo mejor de uno y eleva al individuo que lo siente más allá de cualquier egoísmo e interés subalterno o sembrado, aviesamente, en el trasfondo. Pero también como una suerte de poderoso imán invisible que opera por ósmosis irrenunciable hacia otra persona, al margen de que esta le corresponda a uno o no. Digamos que es una forma total de trascender cualquier obstáculo real o imaginario que sentimentalmente pudiera separar a quien ama del ser amado, una fuerza insoslayable que sutil se desprende de uno y podría permear al otro, y que cuando se manifiesta con auténtica pasión es capaz de arrasar fronteras.

Cuando se ama, si el sentimiento es genuino, no hay intereses subalternos, segundas intenciones. Lo que hay es un hondo darse espiritual, unilateral entrega, empatía. Y el hecho de querer ser correspondido por el otro es más que natural y en nada daña lo que se siente. Por supuesto que si ocurre una correspondencia real en la pareja, una simultaneidad de afectos, sobre todo, con similar grado de compromiso, podrá ocurrir una relación auténtica cuando existe de ambos lados voluntad de entrega para consumar sus implicaciones emocionales y sexuales: óptima situación.

La amistad, en cambio, siendo una forma alterna del amor, puede resultar más difícil de razonar. Entre otras causas, porque se da de muy diferentes maneras y en circunstancias diversas. Pero, en todo caso, es sin duda una relación de afecto, simpatía y confianza que ocurre también de forma espontánea y sin segunda intención. Suele construirse lentamente, a través del tiempo, a veces en circunstancias adversas, e involucra conceptos clave como la lealtad, la solidaridad y el espíritu de sacrificio. Cultivarla es sembrar armonía, entrañabilidad desinteresada, profundos afectos.

Uno disfruta la relación con un buen amigo y es capaz de entregarse a su desarrollo, con fervor y enorme agrado. El gusto por el intercambio de ideas, emociones y proyectos es tan importante como compartir desde el corazón los buenos y malos momentos de la vida, Y obviamente, la amistad tiene diversos grados de compenetración. Puede darse entre personas afines, pero también entre contrarios, porque en tales casos subyacen sentimientos más profundos: admiración genuina, respeto, solidaridad afectiva o intelectual. Contrario al amor, no suele cumplirse si opera de un solo lado.

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