CRÍTICAS

De anónimos y pactos éticos: Daniel R. Pichel

La discusión que han montado alrededor del “pacto ético electoral” me parece fuera de lugar. Pero antes de que alguien comience a despotricar al respecto, aclaro mi punto de vista. Todos sabemos que los politiqueros panameños no tienen ni la más mínima noción de qué es la ética, ni el menor interés en aprenderlo. La política la han convertido en el arte de alcanzar el poder para acomodarse por cinco años y pelechar del Estado todo lo que se pueda. Esto se aplica a partidos, gremios y “grupos de influencia”, donde el interés por controlar contactos y recursos predomina sobre cualquier iniciativa para mejorar la vida de la gente.

Por eso, todo este sainete sobre si firman o no el pacto, no se lo cree nadie con dos dedos de frente. Como es natural (y completamente predecible), unos estarán dispuestos a firmarlo, mientras otros serán más recelosos, pues las campañas negativas (o sucias o puercas, según quieran llamarle) siempre serán un recurso político. De hecho, en muchos países, la mayoría de los anuncios previos a las elecciones, tratan más de descalificar a los contrarios que a destacar las virtudes (seguramente escasas) de algún candidato.

Y que conste que la iniciativa de la Iglesia católica me parece muy válida en el sentido de respetar la dignidad de los involucrados en el proceso electoral. Sin embargo, podemos estar seguros de que en ese tema les harán tanto caso como en sus homilías contra el divorcio, la anticoncepción o el uso del condón para prevenir enfermedades. Simplemente los ignorarán aunque les hagan coro durante los sermones. Ningún político dejará de criticar al contrario, si considera que eso le da más oportunidad para alcanzar el codiciado poder, con sus respectivos beneficios colaterales. Eso, hayan o no firmado ningún pacto.

Lo absurdo de la discusión es que todos sabemos que, al final, siempre aparecerán las asociaciones de “amigos de fulanito” o los “grupos de apoyo a zutanito”, que, sin dar la cara, sacarán cualquier anuncio con tal de desprestigiar a la contraparte (por lo general quien encabece las encuestas). Como esos grupitos no firman pactos, nunca hay a quien reclamarle y todo sigue igual.

Si realmente existe la intención de evitar las campañas negativas, los únicos que tendrían que firmar un “pacto sobre contenido de propaganda política” son los medios de comunicación. Si los medios radiales, televisivos y escritos se comprometen a no presentar ningún anuncio que viole el pacto, todo queda resuelto. Pero: ¡de ninguna manera porque viola la libertad de expresión! Por favor, echen ese cuento a otro y digan la verdad. Todo se resume en que el dinero que recogen los medios durante las campañas electorales es demasiado apetitoso para no aprovecharlo. Y la excusa de la supuesta defensa de las libertades fundamentales hasta suena bonito.

Porque en nombre de la malentendida “libertad de expresión” todo debe permitirse. Como ejemplo, veamos lo que ocurre en muchos periódicos del mundo (incluido La Prensa), en los que al final de las noticias, opiniones y reportajes, cualquier payaso escribe lo que le venga en gana, escudándose en un cobarde anonimato que les permite criticar, acusar o difamar a quien sea, sin tener que ser responsables por sus opiniones. Así, semana tras semana, vemos a los mismos cinco o seis tipos (o tipas para ser políticamente correctos) diciendo tonterías e insultando a cualquiera, camuflados tras un seudónimo. De allí que es perfectamente humano que se pierda la paciencia, especialmente si se agrede a la familia o allegados.

Lo peor es que, en general, esos comentarios al final de las noticias y columnas no le aportan absolutamente nada ni al medio ni a la discusión. Frecuentemente, terminan en diálogos entre los mismos que escriben, sin relación alguna con el contenido de la columna. Ah, y muchas intervenciones se matizan con todo tipo de expresiones soeces que, seguramente, sirven para regocijar sus frustraciones sintiéndose muy valientes al escribir cualquier insulto. A mi modo de ver, un medio serio no debía permitir que una noticia, un artículo o una glosa, que vienen firmadas por el autor, sean comentadas por gente que no se hace responsable por lo que escribe. Como idea, sugeriría que esos comentarios solamente se le permitan a suscriptores del periódico, que pueden ser debidamente identificados. Así se daría un ejemplo de seriedad por parte del medio. Vale destacar que La Estrella tiene un sistema mucho más estricto y confiable de identificación de quienes escriben comentarios.

Por eso, en un mundo con comunicaciones instantáneas y redes sociales, parece que la “libertad de expresión” se estuviera saliendo del tiesto. Cualquiera (periodista o no) dice cualquier cosa en cualquier medio y es citado como si fuera una noticia basada en hechos sólidos y comprobados. Por eso, como dice el presidente de El País José Luis Cebrián: “Hasta para los Wikileaks se necesitaron los periódicos para dotar las informaciones de credibilidad y contexto”.

Mientras, ante la epidemia de anónimos que propicia todo tipo de abusos, es saludable recordar a Gil Blas Tejeira cuando decía: “Si alguien escribe algo y no pone su apellido, puede ser dos razones: o le avergüenza, o su madre no supo cuál de todos ponerle”... @drpichel

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