LECTURA ENRIQUECEDORA

Sin las anteojeras del prejuicio: Berna Calvit

Al enterarme de la muerte de Eduardo Galeano sentí que había perdido a un amigo. No lo conocí personalmente pero con él viajé a Chile, a Haití, al Cuzco, Montevideo, Huehuetenango, Londres, Nueva York, Jamaica… Allá me llevaron su trilogía Memoria del fuego, El libro de los abrazos, Úselo y tírelo, La canción de nosotros, entre otros. De Espejos, que no leí aún, se dice que revisa la historia de la humanidad. En Las venas abiertas de América Latina, su obra emblemática, traducida a una veintena de idiomas analiza la historia del continente hasta la década de 1970; se convirtió en un clásico de la izquierda latinoamericana pero, ideologías aparte, se considera lectura indispensable para conocer y entender los contrastes de la América Latina.

Al despedir a Galeano reviví el recuerdo de un viaje que hice a Bogotá un par de meses después de fallecer Pablo Neruda; aquel día había sido invitada a cenar en casa de unos amigos no colombianos (cuya nacionalidad prefiero omitir); aproveché parte del día para visitar librerías y comprar libros, entre ellos dos de Pablo Neruda. Entusiasmada, mostré a mis anfitriones los libros; todo iba bien hasta que mostré los de Neruda. ¡Ardió Troya! ¡¿Cómo se me ocurrió comprar libros de ese comunista causante de la desgracia de Chile, bien muerto está, más antes debió morirse para que no hubiera escrito esos bodrios comunistas?! Por cortesía, “tragué espeso” y evité discutir porque creo, como la escritora Charlotte Brontë, que “Los prejuicios, y es bien sabido, son difíciles de erradicar del corazón de aquellos que nunca han fertilizado su educación. Crecen allí, firmes como malas hierbas entre rocas”. No era momento para aclarar que leo a escritores con etiqueta de “izquierdas”, de “derechas” y “no alineados”; ni en ese momento ni después hubiera perdido tiempo leyéndoles los bellos poemas del chileno que engrandeció la literatura latinoamericana.

Sentí profundamente la muerte de Mario Benedetti, uno de mis escritores favoritos; luego le llegó la hora al inmenso y universal Gabriel García Márquez, y en la misma fecha de este mes de abril, el Nobel alemán, Günter Grass y el uruguayo Eduardo Galeano también partieron. Todos ellos dejaron rica cosecha de palabras. Hoy, el nombre de Galeano, maestro en contar en cápsulas y microrrelatos la historia no maquillada de nuestra América Latina, resuena en todo el mundo; de él dice la laureada escritora mexicana Elena Poniatowska, “Puso en nuestras manos una historia de América comprensible y estremecedora”. Al consumismo y el derroche dedicó buena parte de su obra (Úselo y tírelo). Fue voz de los silenciados, “los nadie”, los “invisibles”; nunca dejó de escribir ni de ser consistente con sus principios; fue crítico tenaz del poder económico de las multinacionales a las que identificaba como “el nuevo imperialismo”.

¿Tiene prejuicios un buen lector? ¿Y qué es un “buen lector”? No puedo responder por otros ni puedo calificar la calidad del lector. Pero algo sé: leo porque disfruto plenamente la experiencia de leer; porque es una forma de comprender el mundo; de echarle una mirada al mundo de otros, y de mirar mi mundo visto por los ojos de otros. He dejado libros “a medio palo” muchas veces; algunos los he retomado y varios resultaron gratas sorpresas; otros “enganchan”, son difíciles de abandonar, apasionantes; y hay los que son como amigos queridos que no se alejan, como Platero y yo; también me he agotado con algún libro “denso”. La lectura abre puertas a ideas nuevas; ayuda a conocer otros lugares y a entender otras creencias y culturas; leyendo se puede entrar al harén de un sultán, al despacho del presidente de un país, o puede uno colocarse junto a un terrorista que arma una bomba. Todo es posible en el mundo de la palabra escrita. Tal vez algún día leamos una novela sobre los tejemanejes de la Cumbre de las Américas 2015 en Panamá, que además de intrigas diplomáticas podría incluir chalecos antibalas, pinchazos telefónicos y “meteduras de las extremidades inferiores” (como la de Oppenheimer).

Hay quienes por esnobismo intelectual solo leen determinado tipo de literatura (clásicos) y desdeñan, por ser de consumo masivo, un buen best seller. Muchos creen que la lectura es siempre aburrida. ¡Qué equivocación! Hay lecturas que cumplen la sana función de hacernos reír. Un cómic de Condorito me hace reír (es lectura, sí señor); El abuelo que saltó por la ventana y se largó, un éxito literario de Jonas Jonasson, un autor sueco desconocido, –cuyo primer libro llegó a mis manos gracias a un amigo que conoce mi afición por la lectura (sin pretensiones de crítica literaria)– le hizo cosquillas a mis neuronas. También me obsequió Thèrése Raquin, novela del gran escritor francés, Émile Zola; advertida de la gran polémica que desató, leí la perturbadora obra que, con colores oscuros, lleva in crescendo hasta el terrible final al que llegué haciendo pausas para aflojar la tensión que despierta la vívida descripción de pasiones enfermizas..

El lector sin las “anteojeras del prejuicio” amplía su comprensión de la naturaleza humana, ensancha los límites de su mundo, y se permite confrontar sus pensamientos con los de otros. Galeano se marchó dejando abierta la ancha puerta de sus obras. Estoy segura de que volveré a cruzarla muchas veces.

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