FILOSOFÍA

El apego y el deseo: José Guillermo Sánchez

Desde que nacemos hasta que llega la hora del ineluctable final, cada uno de nosotros busca, a como dé lugar, algo que llamamos la felicidad. Alcanzar ese estado anímico tan, aparentemente, esquivo queda muchas veces fuera de nuestro alcance, por la imposibilidad de llegar a tener todo lo que imaginamos nos podría hacer felices o por la pérdida de aquellas cosas que consideramos esenciales para vivir.

Pero para alcanzar la felicidad no es necesario obtener ni alcanzar nada, al contrario, es necesario aprender a abandonar las cosas. El apego que sentimos por todo es, en gran medida, la causa de gran parte de nuestro sufrimiento. Mi casa, mi auto, mi pareja, mi salud, mi dinero, mi juventud, mi empleo, etc. son ejemplos de cosas a las que nos aferramos testarudamente, incluso, al grado de luchar y pasar sobre otros, con tal de defenderlo. Invertimos un gran esfuerzo para conservar todo lo que nos pertenece y como el mundo está diseñado para que cada día obtengamos más cosas, con el correr del tiempo, a medida que acumulamos todo lo que nos ha vendido la sociedad, tendremos más cosas a las que aferrarnos, más cosas que defender, más cosas que vigilar.

Pero, como suelen ser cosas efímeras, cuando faltan nos causarán un gran pesar. Todo se deprecia, se daña, envejece, caduca o, simplemente, pasa de moda. Por eso, es necesario desapegarse. Es tonto aferrarse a algo, cuando todo está destinado a desaparecer o cambiar.

El apego por las cosas nos expone finalmente a la frustración, porque nos guste o no, una vez que tenemos aquello por lo que hemos luchado, empezamos a cambiar nuestra forma de apreciarlo y terminamos, muchas veces, detestando aquello que hemos alcanzado, pero a la vez sintiendo apego, al grado de sacrificar nuestra dicha por conservarlo. Es decir, luchamos, incansablemente, por lograr un objetivo y, cuando por fin lo logramos, alcanzamos también la frustración. Muchas personas se levantan en pos del dinero, imaginan todo lo que podrían lograr una vez que tengan dinero. Podríamos razonar, entonces, que todo aquel que sea millonario se levantaría cada día radiante de felicidad; la realidad es otra, sería más fácil encontrar a un mendigo feliz.

Desde niño siempre se nos ha inculcado e inducido a la práctica de proteger y defender lo que consideramos nuestro, siempre, muy solapadamente, se nos induce a practicar un sutil egoísmo, a sentir apego por lo nuestro y defenderlo de los otros. Como siempre, son actitudes heredadas y adaptadas a la mentalidad de otras épocas, que deben ir desapareciendo para que nuestra evolución mental se pueda alcanzar plenamente.

Aprender a liberarse del apego ayuda a liberarse de cargas emocionales innecesarias. Si tu alegría tiene una causa, tarde o temprano, se tornará en infelicidad. Los dedos de la mano del hombre están abiertos no para guardar sino para dar. Empecemos, pues, dando todo sin apego y veremos cómo se desactiva la causa de la mitad de nuestra desdicha. La otra parte está influenciada por el deseo. Pero de eso hablaremos otro día.

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