MEDIOAMBIENTE

Cuando los árboles lloran: Domingo Espinosa G.

El 17 de mayo se celebra el Día del Árbol en Panamá. No sé si será un acto simbólico o un espejismo, porque al contrastar esto con la realidad, vemos que los bosques son sometidos a un daño ambiental sistemático y en aumento cada año, al punto de que tienen en la mira hasta los que se ubican en las áreas protegidas del país.

Diversas instituciones reportan que la deforestación afecta entre 17 mil y 50 mil hectáreas por año, y no se reforesta ni el 5% de esas cifras, esto crea un desbalance ecológico. A ese ritmo nuestros bosques naturales desaparecerán antes de 30 años. Esto traerá consecuencias impredecibles y efectos que ya se sienten; todo agravado por el cambio climático. Debemos recordar que los árboles forman parte del ciclo hidrológico, y que son vitales para sostener el régimen de lluvias.

Con la Ley 24 de 1992, de incentivos a la reforestación, se creó la plataforma legal para incentivar a los silvicultores a entrar en la actividad forestal, fue así como se sembraron más de 50 mil hectáreas de especies maderables en el país; con la reforma tributaria, en 2005, el Gobierno eliminó de un plumazo los incentivos, aduciendo excusas baladíes y dejando a la deriva a los inversionistas. Se espera que algún candidato presidencial se comprometa a restablecerlos. Las autoridades deben entender que la siembra de árboles es un negocio a largo plazo que trae beneficios ecológicos y sociales.

La actitud del Gobierno es contradictoria, porque firma y se adhiere a convenios internacionales de protección al ambiente, pero no toma las medidas ni hace las inversiones necesarias para proteger el patrimonio natural de Panamá, lo que va en detrimento de la población.

Con el boom de la construcción, los primeros sacrificados son los bosques y, recientemente, el ecosistema del manglar y la cuenca del Canal de Panamá. Esto genera un efecto doble, primero se reporta la deforestación de muchas hectáreas, ante la mirada impávida de las autoridades, y luego se promulgan leyes que bajan el monto de las multas a los infractores que deforestan los manglares. Ese proceder gubernamental crea confusión y desaliento en los ciudadanos, toda vez que el Estado está obligado por mandato constitucional a proteger los recursos naturales. Pero no todo está perdido; recientemente la Corte Suprema de Justicia restableció el área protegida de los humedades de la bahía de Panamá, gracias a la lucha de los ambientalistas. Ahora la pregunta es: ¿qué harán con las concesiones otorgadas y las que están en trámite?

De los árboles se obtienen más de 50 beneficios directos e indirectos y servicios ambientales, entre ellos la producción de alimentos, agua y oxígeno, vitales para la supervivencia humana. Por eso, propongo que pensemos en cambiar la antigua idea de que el “perro es el mejor amigo del hombre”, pues el árbol, con todos los beneficios que aporta, cumple mejor ese precepto. Exhorto a las autoridades y ciudadanos a impulsar proyectos de forestería comunitaria, planificados y ejecutados de manera científica, de lo contrario el esfuerzo se perderá, porque lo que no está en armonía con la naturaleza, tarde o temprano será rechazado.

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