ESTADO Y DERECHOS HUMANOS

´Con ardiente preocupación ...´: Fernando Gómez Arbeláez

Setenta y cinco años cumple esta semana la presentación de una de las manifestaciones públicas más audaces en contra de la negación de los derechos humanos por parte de un Estado moderno a sus propios ciudadanos. La Carta Encíclica Mit brennender Sorge ... (del alemán, “con ardiente preocupación ...”) recogió en su momento las inquietudes compartidas por el papa Pío XI, en representación de la Iglesia católica universal, sobre la cada vez más deteriorada situación de las libertades individuales y sociales en la Alemania nazi de la preguerra.

Dirigida al episcopado alemán y leída a sus feligreses en más de 11 mil parroquias el domingo 21 de marzo de 1937, Mit brennender sorge constituyó un hito en la denuncia patente de los abusos cometidos por un Estado de abiertamente reconocido corte policial. Fue publicada, a diferencia de otras encíclicas papales identificadas por sus primeras palabras en latín, en alemán, indicando así la gravedad y alarma con que Pío XI observaba la creciente limitación de los derechos humanos en el autoritario y represivo país de la Gestapo.

Treinta meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, con sus decenas de millones de muertos y heridos, incontables tragedias, horrores y destrucción, el Sumo Pontífice advertía a los alemanes: “Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a esta”.

Pío XI señalaba, también, “el hecho fundamental de que el hombre como persona tiene derechos recibidos de Dios, que han de ser defendidos contra cualquier atentado de la comunidad que pretendiese negarlos, abolirlos o impedir su ejercicio. Despreciando esta verdad se pierde de vista que, en último término, el verdadero bien común se determina y se conoce mediante la naturaleza del hombre con su armónico equilibrio entre derecho personal y vínculo social, como también por el fin de la sociedad, determinado por la misma naturaleza humana”.

Antes de que en Alemania dejara de funcionar un sistema judicial independiente, de que las desapariciones forzosas y las ejecuciones sumarias de particulares a manos de la oficiosa policía del régimen se hicieran rutinarias; del Holocausto, de sus millones de víctimas y sus campos de exterminio, el Papa subrayó: “Hasta aquellos valores más universales y más altos que solamente pueden ser realizados por la sociedad, no por el individuo, tienen, por voluntad del Creador, como fin último, el hombre, así como su desarrollo y perfección natural y sobrenatural. El que se aparte de este orden conmueve los pilares en que se asienta la sociedad y pone en peligro la tranquilidad, la seguridad y la existencia de la misma”.

A pesar de su enorme impacto en la feligresía alemana, el gobierno nazi ignoró Mit brennender Sorge. Lo hizo hasta el punto de que sus jerarcas jamás la comentaron públicamente. Ninguna entidad del Estado le dio respuesta mediante un pronunciamiento oficial. Las denuncias expuestas, sin embargo, no impidieron que los alemanes continuaran perdiendo sus derechos individuales y sociales, tal como pronto le sucedería de un modo aun peor a los pueblos que los nazis dominaron durante la confrontación bélica por ellos provocada en 1939, catástrofe global que se convertiría en la más sangrienta y destructiva de la historia.

Cuando en pleno siglo XXI, las autoridades de cualquier país violen impunemente la Constitución, acaben de pervertir el sistema político, amenacen, uniformados, a sus superiores civiles sin recibir sanción; escuchen llamadas telefónicas sin autorización judicial, repudien los derechos de las minorías, pretendan la eliminación de la independencia de jueces y magistrados, persigan bajo el amparo de la ley la decapitación de la carrera judicial y promuevan el libre allanamiento policial a domicilios privados, incluso bajo una competencia que las autoridades de policía puedan delegar de manera arbitraria en terceros, entre otras acciones y omisiones, esta Carta Encíclica de seguro viene a la mente de quienes la conocen.

Mit brennender sorge mantiene una vigencia única en el tiempo y el espacio. Sus advertencias y enseñanzas la relacionan estrechamente con las tantas veces repetidas palabras del pastor evangélico alemán Martin Niemöller, quien sufriría en carne propia los desmanes del oprobioso régimen nazi: “Primero vinieron por los socialistas, pero yo no protesté, porque no era socialista. Después vinieron por los sindicalistas, pero yo no protesté, porque no era sindicalista. Después vinieron por los judíos, pero yo no protesté, porque no era judío. Después vinieron por los católicos, pero yo no protesté, porque no era católico. Finalmente vinieron por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que pudiera protestar”.

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