SOCIEDAD

Entre artilugios jurídicos y otros temas: Iván Samaniego

Se calcula que el 1% de la población mundial es psicópata o, al menos, presenta un conjunto de características de personalidad que la ubica en esta categoría. Por ejemplo: la falta de empatía o incapacidad para ponerse en el lugar del otro emocionalmente; la ausencia de remordimientos y sentimientos de culpa, y una cierta facilidad para mentir y engañar. Otras señales secundarias son la impulsividad, el narcisismo y, en muchos casos, una gran sed de poder.

Por otra parte, se calcula que un 15% de la población de reclusos es psicópata, hecho que indica que no todo psicópata es un criminal, ni todo criminal es un psicópata

La carga genética y bases neurobiológicas son importantes. Aquí el entorno juega un papel fundamental, pues un sujeto que se cría en un ambiente familiar disfuncional, que lo estimula de alguna manera a delinquir, es muy probable que se convertirá en un psicópata criminal. Sin embargo, si crece en un ambiente favorable, se puede convertir en lo que se conoce como un psicópata socialmente adaptado.

Según Robert Hare, autor del libro Serpientes con traje, que trata el tema de las psicopatías a profundidad, hay dos actividades o profesiones que atraen a un sujeto con estas características de personalidad, estas son: el derecho y la política.

Hare indica que no hay filtros adecuados, en ninguna organización, que permitan detectar a este tipo de sujetos mediante métodos tradicionales como pruebas de personalidad, pues son muy hábiles para fingir los resultados.

Es comprensible lo que el autor argumenta respecto a la profesión del derecho, pues el conocimiento de los mecanismos reguladores de la conducta social permite encontrar los recursos y artilugios jurídicos para justificar un acto censurable o penalizable.

Es decir, un sujeto con estas características puede utilizar los mecanismos de las leyes para beneficiarse o, en contrasentido, violarlas, pero valiéndose de los mismos recursos que la ley le brinda, en una dialéctica sin fin e interpretaciones que recaen en la retórica subjetiva de códigos y subcódigos, a su conveniencia.

En cuanto a la actividad política esta es como el póquer, pues el engaño y la mentira son parte del juego, aunque esto no significa que todo político sea un mentiroso.

Pareciera que en muchos países latinoamericanos, como el nuestro, las leyes hubiesen sido configuradas para blindar a los sujetos con cierta investidura de poder político-económico, cuya conexión desde hace mucho tiempo es evidente, y desvela una cierta complicidad.

La ley no escapa al terreno de la lingüística, por tratarse de frases, sintagmas, oraciones en forma escrita, que intentan reglar la conducta en sociedad, estableciendo de manera preliminar una serie de pautas, deberes y obligaciones que deben respetarse en un estado de derecho. Sin embargo, su limitación recae en que al ser lenguaje humano, está sujeto a distorsiones producidas por la variabilidad en las relaciones de los significantes y los significados, como diría el psicoanalista francés Jacques Lacan, más que usar el lenguaje, el lenguaje nos utiliza.

Esta imprecisión de la ley es la que le permite a algunos abogados valerse de esas debilidades o vulnerabilidades para escabullirse en una red de telarañas que, al final, contrastan con la verdad concreta (la basada en las evidencias o pruebas científicas). Esta manipulación del discurso crea una serie de laberintos que no son más que construcciones creadas para co-construir una realidad incierta en la que la verdad parece diluirse y convertirse en falsedad.

En Panamá, hasta cierto punto, hemos permitido que tanto el discurso religioso como el jurídico-político tengan un poder superior al discurso científico. Observo muy pocas opiniones escritas u análisis en canales de televisión que logren enfocar o articular una problemática social desde múltiples perspectivas, filosóficas, antropológicas, sociológicas, biológicas, psicológicas, psiquiátricas y lingüísticas, que planteen otras formas de construir una realidad un poco menos tosca, rudimentaria y rutinaria.

Lamentablemente, los discursos ocupan una gran parte de la opinión pública y, en ese sentido, los medios de comunicación se hacen eco de dichos discursos, ya sea en forma oral y escrita. De esta forma se construye una realidad que, más que aportar algo nuevo al conocimiento y a la cultura del panameño común y corriente, lo sumerge en un gran fondo de ignorancia.

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