EL MALCONTENTO

El Estado asexuado: Paco Gómez Nadal

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El Estado es un chicle en la boca moral de las “gentes de bien” que saben lo que es bueno para todos y que salvaguardan la moral cristiana y los valores de la patria. Es decir... para ellos, el Estado se estira y se encoge a conveniencia. Imagino entonces que para ellos no hay problema con que el Estado regule la velocidad del tráfico, asuma la recogida de basuras o acuda con todos los medios cuando se produce una inundación. Tampoco les parecerá extraño que invierta en investigación y desarrollo, que promueva leyes que estimulen el emprendedurismo o que garantice la libertad de cultos. No debe ser una locura para estos moralizantes patriotas que haya una cierta regulación estatal de las radiofrecuencias o que se den becas para estudios de posgrado o que se legisle y fiscalice sobre las medidas sanitarias que debe tener un restaurante o una morgue.

Casi todo puede ser susceptible de la acción del Estado, ese que construye carreteras, mantiene a nuestros hijos en el depósito escolar durante unas horas para que podamos ir a trabajar o el que debería garantizar la seguridad pública para que salgamos de casa con ciertas garantías de regresar enteritos en la noche.

Eso sí... ¡que no se meta en nuestras camas! Para las hordas conservadoras que se empeñan en levantarse por la mañana sabiendo lo que es correcto moralmente (poder sobrenatural agotador, sin duda), la frontera mental que no pueden superar se escribe con “s” de sexo, el territorio en el que resbalan comienza con la “p” de piel caliente y el infierno donde temen no superar la reválida del paraíso se escribe con la “o” de orgasmo.

El Estado debe ser asexuado... O, no, debe ser tan “sexuado” como ellos quieran y como la tradición (que se han inventado) manda: heterosexual, basado en la familia nuclear (a veces, radiactiva), represor de los tan temidos instintos y tan oscuro como cuando apagan la luz para reproducirse. Por eso tienen pánico al inocente proyecto de ley 085 “por la cual se adoptan políticas públicas de educación integral, atención y promoción en salud” (sexual, entiéndase). El proyecto de ley es tan básico que, si no es en el marco del temor a un dios maltratador de género, no se entiende la reacción contraria del arzobispo Ulloa o de unos cuantos políticos y generadores de opinión que se imaginan a Panamá convertida en una Sodoma de vidrio o en una Gomorra tropical.

La clave en este asunto siempre polémico es la letra “s” (de salud). El tema de la educación en salud sexual y reproductiva es un asunto de Estado porque es un asunto de salud, no de moral ni de ausencia de ella. No se obliga ni se promueve que los niños tengan sexo, sino que se les dan herramientas para cuando llegue el momento de tenerlo.

Los que se escandalizan porque en las escuelas se enseñe el ABC del respeto a tu propio cuerpo y al del resto, las medidas básicas de protección e higiene y, ojalá, cuatro pistas para disfrutar de él como personas realizadas parecen no asustarse con el hecho de que, como indica la Contraloría, más del 75% de los niños y niñas que nacen anualmente en Panamá lo hagan fuera de una unión estable, o que una de cada cinco embarazadas sea adolescente. Tampoco se les ve temblando ante los terribles datos de violencia de género o de abusos sexuales. O sí, dirán que ese es un asunto de las familias, que son ellas las que deben educar a sus hijas e hijos. Pero resulta que el dato nos muestra una estructura familiar en Panamá diversa, no nuclear, en la mayoría de casos monoparental, extensa o ensamblada, con graves problemas de educación de las personas adultas responsables de estas. Y no falta educación porque las madres o los padres sean malos, sino porque son víctima del mismo sistema educativo deficiente que combinado con la oscura doctrina religiosa que se escupe desde algunos tabernáculos genera adultos reprimidos, temerosos o violentos, nunca frescos ante la palabra sexo y sus ramificaciones.

Estoy convencido de que hay un dios (o una diosa) que no es patriarcal ni violento, que no es vengativo ni anda multando al rebaño mientras se masturba. Suelen ser los diplomáticos extraviados de dios los que exhiben a un dios patriarcal, asexuado y represor. El Estado, y eso es lo que no les gusta, debe estar por encima de creencias más o menos esotéricas y debe fomentar una educación científica, liberadora, responsable. Lo otro, mantenerse con los ojos cerrados ante la grave crisis en materia de salud sexual y reproductiva de la población infantil, adolescente y juvenil panameña, sería una dejación de funciones, una irresponsabilidad. La propuesta de ley 085 debería salir adelante y las primeras alumnas deberemos ser las personas adultas, reproductoras en bucle de la educación castrante que tanto lastre nos obliga a arrastrar

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