CONTRA LA CORRUPCIÓN

El baile de pocos millones y mucho ruido: Bogdan Kwiecinski

Entre las muchas consideraciones sobre la reinante megacorrupción que se registró en el país, llama la atención los casos judiciales inflados al máximo, para satisfacer a un público hambriento de morbo. Si a esto le agregamos la sucesión interminable de subsidios, tenemos lo que en la antigua Roma llamaron: panem et circenses (pan y circo) para las masas.

Primero se sacrificó a la defensora del Pueblo, Patria Portugal, acusada de malgastar la bicoca de un cuarto de millón de dólares. Ahora es el turno del magistrado Alejandro Moncada Luna, quien debe responder por un millón y medio de dólares. Aunque estas investigaciones se justifican, la presunta malversación de que se les acusa es poca al lado de otras cometidas por verdaderos tramposos. ¿Dónde están los responsables por las estafas del Banco Disa y Financial Pacific? ¿Cuál es su patrimonio financiero? Parece que en este país los únicos que van presos son los hijos de la cocinera. Una vez se intentó enjuiciar a un expresidente, con todas las pruebas en la mano, ¿y qué pasó? Nada, el caso se archivó. Otros se escudan con el blindaje del amparo de garantías constitucionales, el hábeas corpus y demás recursos, que le permiten al culpable sentirse “en el país de maravillas”, como Alicia, y salir muerto de risa de los procesos.

¿Cuántos edificios con 50 o 100 apartamentos valorados en un millón de dólares –como el que compró Moncada Luna– tenemos en Panamá? Estimo que pueden ser unos 25 mil. No incluyo las lujosas villas y apartamentos en Coronado, Santa Clara, Río Mar, Contadora, isla Viveros y un largo etcétera. ¿Cuántos han sido adquiridos por servidores públicos? ¿Cómo los compraron, si el sueldo de los legisladores y ministros no pasa de $120 mil por año? Claro está, no solo los altos funcionarios compran propiedades millonarias, una buena parte la adquieren los narcotraficantes, aunque se diga que aquí no pasa nada.

Por otra parte, ya es tiempo de que se investigue a ciertos magnates de la empresa privada que evaden el pago de impuestos y practican el contrabando de mercancías. No creo que todos los dueños de almacenes de avenida Central y Calidonia hagan sus fortunas, en estricto apego a la ley. Hablando del enriquecimiento rápido, recuerdo que hace unos años se publicó que un exembajador de Panamá en Europa tenía dos apartamentos valorados en cuatro millones de dólares, cada uno, y una cuenta con 60 millones en un banco suizo en las Bahamas. ¿Cómo acumuló ese dinero? También se publicó que un empresario, considerado uno de los más grandes constructores del país declaraba 36 mil dólares de ingresos anuales. Bastante menos de lo que ganamos los catedráticos en la Universidad de Panamá, que vivimos de forma modesta, aunque hay algunos de la Escuela de Biología que raspan el millón.

Ante este panorama lo único que me queda por decir es que o se investiga a fondo todo lo concerniente al enriquecimiento ilícito de los funcionarios y empresarios, o se deja a un lado la cacería de brujas de ciertos personajes que malversaron relativamente pocos millones, mientras los “monos gordos” siguen libres. Recuerden que la política de “pan y circo” no durará para siempre.

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