TERRORISMO

No bajemos las banderas: Oreste Del Río Sandoval

Mientras la atención del mundo estaba centrada en la histórica visita del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a la isla de Cuba –último bastión de la guerra fría en América Latina– el terror volvió a mostrarnos su peor rostro mediante una serie de ataques con explosivos en la capital de Bélgica.

La elección de los salvajes perpetradores de los ataques, más tarde identificados como miembros del Estado Islámico (EI), es una estrategia muy clara y tiene lugar días después del arresto de uno de los principales sospechosos de la autoría de los ataques en París en noviembre pasado, Salah Abdeslam, precisamente, en un barrio de Bruselas. Esta bella ciudad es, además, sede de las principales oficinas de la Unión Europea, por lo que el mensaje de los terroristas va más allá de la nación belga.

Casi de forma simultánea a los trágicos incidentes, las redes sociales se hicieron eco de los reportes y noticias que revelaban el número de vidas perdidas, de personas lesionadas y los daños ocasionados. De forma casi instintiva, mientras leía las noticias en los medios, tuits o las publicaciones de Facebook de personas cercanas al lugar de los hechos, comencé a buscar banderas belgas en los perfiles o hashtags identificándose con las víctimas, como fue el ya célebre #JeSuisCharlie, o #JeSuisParis.

Para mi sorpresa, este hecho pasó casi inadvertido en las redes sociales, lo que me llevó a pensar en dos alternativas. En primer lugar, que una muy fuerte identificación con Francia y la referencia cultural de París puede llevar a muchas personas a identificarse de manera afectiva y disparar rápidamente acciones de solidaridad.

Así, aunque suene trágico y grosero, la percepción sería que los muertos son más dolorosos en función del lugar donde vivan. En este caso la circunstancia de su deceso y los perpetradores fueron similares, por no decir, idénticos.

Pero también pensé en algo mucho más temible: que nos estemos acostumbrando a este tipo de hechos y que, por habituales, no causen la sensibilidad de los primeros. Confieso que al pensar eso me invadió una sensación entre pánico y desesperanza. Este tipo de hechos son repudiables, asquerosos, no importa dónde ni con qué frecuencia tengan lugar.

Lamentablemente, por la elevada exposición mediática que tienen y por la mayor frecuencia con que están sucediendo, se han instalado en nuestro paisaje sensorial, erigiendo un muro ante la sensibilidad que nos impide indignarnos con la misma fuerza e intensidad en cada uno de estos ataques.

Ese escudo a la indignación, en comparaciones inversamente proporcionales, es un síntoma de derrota, y los infelices que por medio del fanatismo, del uso indebido y erróneo de la religión intentan imponer sus ideas lo saben. Nuestra indiferencia es un signo prematuro, si no de derrota, de aceptación de un estado de cosas por nadie deseado.

Los que somos personas de bien, tolerantes, respetuosas de la diversidad y defensoras de la democracia no debemos permitir que estos hechos se tomen como un estado de cosas instalado.

Debemos exigir a los Gobiernos que actúen con la mayor celeridad y en el máximo uso de su capacidad de cumplimiento de la ley, para encontrar y castigar a los culpables de semejantes atrocidades. El papel de los ciudadanos es seguir manteniendo en alto las banderas, aquellas de todos los que sufran por el flagelo del terrorismo, sin importar dónde este se presente.

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