MENSAJE AL MINISTRO DE SEGURIDAD

De balaceras, muertos y robadera: Hipólito Arroyave

Ya la vieja historia de Pedro Barrios y Josefina Wilson, quienes por cosas del destino se encuentran en una calle de Nueva York, se quedó obsoleta y pequeña en comparación con la ola de violencia e inseguridad por la que atraviesa nuestro país.

Los narcotraficantes traspasaron las fronteras, se rieron del Senafront, de José Raúl Mulino, de sus radares y de las bases estadounidenses en nuestras costas. Y –como la guerrilla urbana– tienen su guerra particular entre ellos, matándose por el control de ese mercado y de sus ganancias.

¿Y la policía? Ellos, igual que nosotros, son meros espectadores y a veces víctimas, a las que podríamos catalogar de “daño colateral”, cuando una bala perdida mata a un inocente ciudadano que estaba cerca del blanco al que los sicarios querían eliminar.

Somos testigos de una guerra urbana, con AK-47 y otras armas de asalto. Sin embargo, como dije antes, a los ciudadanos comunes que contamos con una profesión, trabajamos todos los días y nada tenemos que ver con el narcotráfico, lo que nos interesa es que la policía nos proteja de los ladrones de la calle.

Esos que se meten en nuestras casas y las mudan, literalmente; quienes, además, entran y violan a señoras indefensas. Los que saquean abarroterías y matan a los comerciantes chinos. Los secuestradores express o aquellos que secuestran para pedir rescate y matan a sus víctimas, como lo hicieron contra a aquellos estudiantes, cuyos cuerpos fueron encontrados enterrados en La Chorrera.

Hay que controlar esto; para ello necesitamos, tal vez, un “Senacity” (Servicio Nacional de la Ciudad). El gasto millonario que se hizo en radares, solo para quedar bien con el Gobierno de Estados Unidos, pudo utilizarse en la compra de cámaras de vigilancia que podrían ser ubicadas en calles céntricas de Panamá, David u otras ciudades de nuestro país. Parece que esto no tiene solución inmediata.

¿Será que tendremos que armarnos para protegernos? Los políticos de alto perfil o empresarios millonarios tienen sus guardaespaldas. ¿Pero qué pasa con nosotros, la clase media que no podemos costear ese gasto? Sigo sin ver policías por las calles de mi ciudad en horas de la noche. Solo observo a personas solitarias en actitudes sospechosas.

Los uniformados le tienen miedo al hampa. Ellos viven y algunos son vecinos de los delincuentes en los mismos barrios. El mismo Ricardo Martinelli lo dijo en su campaña, cuando era candidato a la Presidencia, “Habrá que hacer barriadas solo de policías, para sacarlos de esas áreas en donde dejan a sus familiares solos a merced de una posible venganza de parte de los delincuentes”.

Yo le hago un llamado al ministro de Seguridad, porque se requiere cambiar, urgentemente, el plan de seguridad dirigido a proteger a la ciudadanía.

El narcotráfico es, prácticamente, imparable. Mientras haya demanda de parte de esa población consumista del norte, con alto poder adquisitivo, esta actividad seguirá igual o peor. Es un negocio muy rentable. Y la única forma de combatirlo es parando el consumo.

Ese es un problema que Estados Unidos no ha podido resolver. La educación es la clave. Sin embargo, vemos que los estadounidenses no lo han podido controlar. Nuestra población no es tan consumista de drogas, creo que en ese aspecto somos mejores que los estadounidenses. Igualmente pasa en el resto de los países latinoamericanos.

La producción de cocaína se dirige, casi que exclusivamente, al consumo en Estados Unidos. Por lo tanto, el ministro de Seguridad debe ponerle más atención a nuestra población indefensa. Aquella que por culpa de estar la policía y estamentos de seguridad ocupados, persiguiendo a los narcotraficantes, son víctimas diarias de la acción de los malhechores comunes.

Debemos aprender que primero somos nosotros, antes que los demás. Primero es la familia panameña y, solo después que controlemos la delincuencia común, solo entonces, debemos ayudar a combatir otro tipo de actividad ilícita. Es una cuestión de prioridades, por lo que considero que el ministro debe cambiar el rumbo de ese barco y volver su proa hacia nosotros, los panameños.

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