EL MALCONTENTO

La bienvenida: Paco Gómez Nadal

El título de este artículo lo debe leer usted a la inversa. Es así porque la bienvenida que los anfitriones suelen hacer a los invitados no es habitual en Panamá. Me explicaré: se recibe con gusto y fanfarria a los extranjeros que no hacen preguntas, que hablan bien del país, que gastan sus dólares en los resort de lujo o que vienen a blanquear su plata en los laberintos de la ceguera intencional de las instituciones.

No son tan bienvenidos los molestos. Habitualmente me lo recuerdan algunos foristas: váyase a su casa (ya me echaron, tranquilos); hable de España y de sus miserias (ya lo hago, tranquilos); usted solo ve lo malo (los que me conocen saben que me deshago en elogios a PTY, tranquilos); no queremos colonizadores listillos (estoy de acuerdo, yo tampoco, así que ¡tranquilos!). Yo pensaba que igual era una manía personal, que yo era el único extranjero maldito para Panamá. Era lógico que pensara esto cuando veía a un gringo dirigiendo la ciudad (hasta que lo echaron), a un colombiano invitando a los turistas y decidiendo sobre las fiestas patrias (a ese no lo tocan), a un griego manejando los hilos más finos del poder, a cientos de italianos aprovechando la nueva “ventana de oportunidades” abierta por el ahora denostado Berlusconi en el Istmo, y a una amalgama de dictadores, presidentes depuestos de Haití, Ecuador o Guatemala e, incluso, a la mujer espía reclamada por la justicia de su país disfrutando de la protección y mimos de los sucesivos gobiernos...

Pero no, esta semana pasada pudimos comprobar que la bienvenida es selectiva y que la Dirección de Migración es un filtro nada fino, manejado desde la Presidencia o desde el Consejo de Seguridad a los que se le cuelan por el Aeropuerto Internacional de Tocumen narcotraficantes, asesinos en serie y proxenetas con diversidad de pasaportes, pero que no dejan pasar a personas tan, pero tan, peligrosas como Rosie Simms.

¿Saben ustedes quien es Rosie Simms? Es difícil, porque en el torbellino de escándalos que tienen que reflejar los medios de Panamá, su nombre ha pasado agachadito, cuando lo que le ha ocurrido es muy grave.

Rosie no parece muy peligrosa, en verdad. Hablé con ella hace unos días y me resultó una estudiante muy joven, de la Columbia Británica (Canadá), bienintencionada, de aspecto frágil, aunque de carácter templado. Rosie ha cometido varios delitos. El primero es que eligió el campus de la Universidad de McGill en Panamá. Después, quiso hacer su pasantía en una organización de prestigio internacional panameña, el Centro de Incidencia Ambiental (CIAM). Y, por último, tras publicar su trabajo final sobre Pueblos Indígenas y Desarrollo Minero, escribió algunos artículos sobre el tema en medios canadienses y universitarios.

A su Universidad le gustó lo que hizo. A la Canadian Broadcasting Corporation (la televisión pública) también, así que la contrató como productora de un programa sobre la actividad de las transnacionales canadienses mineras en Latinoamérica.

A eso venía el pasado 21 de enero a Panamá cuando Migración no la dejó entrar al país, la retuvo cuatro horas en contra de su voluntad, no le dio ni una sola explicación de por qué tenía un “impedimento de entrada” (práctica habitual de los agentes que viola todo derecho a saber de qué se le acusa a uno), le negaron durante todo ese tiempo la asistencia consular a la que todo extranjero tiene derecho y, finalmente, la embarcaron de vuelta a casa.

Hay un patrón de actuación en este Gobierno violador de los derechos fundamentales. La DGI sirve para intimidar a los que tienen dinero (con los pobres la DGI no tiene nada que hacer); Migración para frenar a los extranjeros molestos; y la Secretaría de Comunicación Paralela de la Presidencia (que existe) para difamar y ensuciar la imagen de los que se escapan de las otras redes.

Si es grave la actitud del Gobierno, que saca pecho en Davos y pisotea todo lo hermoso en tierra patria, me parece igual de preocupante la poca atención que este suceso ha suscitado en el país. Reporteros Sin Fronteras recordó el pasado jueves que Panamá queda en el puesto 113 en la clasificación mundial de Libertad de Prensa y que ha caído 58 puestos desde que Martinelli llegó al poder. Ahora, países como Nepal, Gabón, Sudán del Sur o Albania pueden decir que tiene más libertad que Panamá. Martinelli, sin embargo, se tendrá que esforzar un poquito más si quiere alcanzar a algunos de sus modelos internacionales: Arabia Saudí (158) o Colombia (149). Ya les digo: bienvenidos a un país del primer mundo.

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