EL MALCONTENTO

La brecha de Panamá: Paco Gómez Nadal

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La brecha de Panamá: Paco Gómez Nadal

Somos Canal. Somos una enorme herida en la tierra horadada en honor del dios comercio y tapizada de trabajadores muertos para los que no hay recuerdo. Somos historia. Porque lo único que vemos de frente es el pasado y de él debemos aprender para que algún día el futuro no sea impuesto. Somos espejismo: el mero reflejo en el agua de dos océanos de la imagen de nosotros mismos que algunos nos quieren imponer. Ahora, tras la Cumbre de las Américas, también somos brecha: la prueba palpable de la distancia abismal que separa a los gobernantes y a sus pueblos.

La brecha se ha gobernado por decreto imperial, olvidando la democracia, poniendo en barbecho la realidad. Durante unos días el poder ha generado un estado de excepción que nadie cuestiona: no trabajen, no salgan en su carro, no pueden pescar, no se manifiesten, no protesten por nada, no ensucien las calles, cierren sus empresas, no vean en la televisión la novela preferida, no piensen demasiado…

El poder se ha reunido. Antes decidió quién es la sociedad civil: donde los más de 200 millones de afrodescendientes e indígenas de Latinoamérica (no cuento a los del norte) eran anécdota; escogió a los jóvenes que deben ser la voz de los jóvenes (nunca veremos a voceros de los movimientos estudiantiles revoltosos o de los miles de pandilleros que justifican los presupuestos policiales); reunió a los empresarios de cabecera, que son los que realmente deciden y no ese tupido tejido de pequeños empresarios que mantienen la vida de sus precarias comunidades con sus pequeños proyectos esparcidos por las veredas del olvido; dio toda la cancha del mundo a unos “disidentes” que con una cacerola conseguían más audiencia que las 3 mil personas que pululaban por la Universidad de Panamá. Fuera, en la periferia de lo existente (que es lo mediático), estaban los sindicatos, los movimientos sociales, los vibrantes pueblos originarios, los dignos representantes de “los nadie”. Estos solo existieron por obra y gracia de un cantante famoso o por una visita presidencial, no por lo que tuvieran que decir o por lo que representan.

Dentro, dentro del cordón de seguridad de los que dicen gobernar para los pueblos y a los que tienen tanto miedo, todo son formas: un presidente con su primera dama aguantando un besa manos de horas sin más objetivo que una foto impostada; un apretón de manos entre dos presidentes que se odian, pero a los que les toca fingir que pueden convivir; una cena de gala ridícula y vergonzante remedando la colonia que instaló la estructura excluyente que aún soportamos; unos discursos tan huecos como la declaración final inexistente...

¿Y entonces por qué parece que todo ha ido tan bien? El estado de excepción ha incluido una situación de confinamiento mental a través de los medios de comunicación. Los principales medios del país han hecho un esfuerzo histórico para construir un cuento de hadas inexistente. Horas y horas de transmisión en vivo, información sacada de la Wikipedia para desinformar sin pudor, prejuicios y tópicos sobre buenos y malos, frases hechas sobre “momentos históricos” o “Panamá, puente de las Américas”, minutos y minutos de tediosos datos anecdóticos sobre la organización, confusión sobre qué foro y qué cumbre era oficial o no, un discurso mediático dominado por el ideario hegemónico de la derecha, la falsa idea de que esta Cumbre ha sido organizada por Panamá y que es un orgullo para cada uno y cada una de las panameñas.

No es así y lo sabemos. Los decretos del estado de excepción han estado dictados por los equipos de seguridad de Estados Unidos, de Cuba o de Venezuela; el contenido de foros y discursos, marcado por el aparato diplomático de la OEA, el fracasado final sin declaración operado en las reuniones a puerta cerrada donde la verdadera crispación americana recuerda más al Congreso Anfictiónico que a una fiesta de amigos.

En el escenario, además, algunos presidentes que en el país de la cucaña estarían entre rejas. Algunos ejemplos tenemos: Obama y sus Guantánamo y policías asesinos de negros que no han sido blanqueados como él; Peña Nieto y sus miles de desaparecidos y torturados a las espaldas; Horacio Cartes o Juan Orlando Hernández y la continuidad de los golpes de Estado de sus respectivos países, o Juan Carlos Varela y las violaciones de derechos humanos masivas cometidas por el gobierno del que fue vicepresidente antes de olvidarse de todo lo ocurrido en San Félix, Changuinola o Colón.

La brecha es cada día mayor y el poder se siente cómodo en su burbuja de mentiras. El único problema es que un día, más pronto que tarde, ya no podrá reconectar con aquellos a los que necesita para justificar estos shows … ya veremos qué ocurre entonces.

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