EJEMPLO DE VALOR

Una buena pastora: Danilo Toro Lozano

Si con algo está vinculada la Navidad es con los niños y las niñas. En términos llanos, es una fiesta en honor de un niño y por la que los niños son agasajados.

Ese mismo personaje, cuyo nacimiento es recordado, ya de adulto no dejó dudas de su predilección por los niños y las niñas. Hay que volverse como niños para entrar en el reino de los cielos, afirmó. Se identificó con ellos, al grado que dijo, “el que recibe en mi nombre a un niño, me recibe a mí”. Advirtió que dejaran que los niños viniesen a él. Mostró intolerancia con los que afectaran a los infantes, cuando sentenció que “a cualquiera que haga caer en pecado a uno de estos pequeños, más le valiese no haber nacido”, y tras su disgusto por el irrespeto al templo, fueron los niños los que le mostraron algo de alegría con los saludos y cantos que le dedicaron.

Sin embargo, no pocas sociedades en las que abundan seguidores de aquel niño que nació en una gruta, lo han intentado todo para eclipsar su mensaje y el alcance de este a los pequeños de todos los tiempos y lugares.

La tragedia de Newtown, en Connecticut, es un triste ejemplo de esto. Una veintena de infantes y seis adultos fueron asesinados, y no se sabe ni por qué. Han saltado todas las alarmas y se exponen toda clase de argumentos. Desde la inculpación de las armas como artefactos de mal para la especie humana, pero de bien para las empresas que las venden, hasta la incapacidad de la sociedad para darse cuenta de la existencia o proximidad de un grave riesgo para las personas, sin dejar de mencionar la irresponsabilidad de padres y madres, de autoridades, gobernantes y legisladores, de medios de comunicación y de la propia sociedad de consumo que lo ha cosificado todo, comenzando con la dignidad humana.

La matanza de Newtown es y será una herida abierta que llama a la más profunda reflexión. Como lo es la muerte de tantos niños en Centroamérica, en varios países del Medio Oriente, en muchísimos países de África, de Asia, de Europa, de Norteamérica y de Sudamérica. Como lo es la cruel experiencia por la que pasan niños desconsolados, cuyos padres o seres queridos son asesinados. Como lo es la explotación y el abuso infantil, tanto en el hemisferio norte como en el sur. Como lo es la angustia que macera a otros niños y niñas de países vecinos, cuyos padres han sido secuestrados... Son tantas las zanjas de dolor por las que corre la sangre y el llanto de los niños, que se hace obligatorio preguntar, dos milenios después, ¿para qué la Navidad?

La que fuera primera ministra de Israel, Golda Meir, dijo una vez que israelíes y palestinos vivirían en paz cuando los palestinos quisieran más a sus hijos que lo que odian a los israelíes.

Contundente planteamiento, que podría ser utilizado por muchos de los que quisieran extinguir el deseo de matar o lastimar en muchos lugares; incluso por aquellos que fueron objeto de la expresión.

Sin embargo, en medio de este drama saturado de sufrimientos de niños y niñas en todo el mundo, en Newtown surgió un símbolo de amor absoluto, que debe ser elogiado, recordado y tenido como ejemplo de que hay enseñanzas y aprendizajes que perduran, aun después siglos. Victoria Soto, una maestra de pequeños, optó por esconder a sus alumnos en un armario y enfrentar, con su voz, con su cuerpo y con su alma, al sujeto que los buscaba para dispararle. Dio así la vida por sus alumnos. Asumió el papel de una buena pastora, como aquel niño nacido en Belén hace más de dos mil años y que de grande dio ese ejemplo de entrega en favor de los demás.

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