REFLEXIÓN

¿Quiénes son buenos panameños?: Guillermo Ford

Reconozco que el amor a la patria se puede manifestar de muchas maneras, sobre todo, respetándola, haciendo de este terruño un mejor lugar para vivir. Un país en el que los ciudadanos sepamos de dónde venimos y hacia dónde vamos; en el que la historia sea materia de estudio para que las nuevas generaciones reconozcan, tanto las luchas como los desvelos de los caudillos, los próceres y tantos otros personajes que, de una u otra forma, hicieron de este un territorio próspero.

Un país en el que la valía de los coterráneos se base en las virtudes, siempre en busca de la identidad propia, como nación, que la enaltezca y proteja de todos los sobresaltos propios la historia.

Sí, es verdad, cada vez que veo mi bandera –no importa en dónde me encuentre– me emociono, y cada vez que escucho el himno nacional se me eriza la piel. Sin embargo, esa emoción y alegría no son suficientes para considerar que soy un buen panameño. Lo soy solo en la medida en que practique pequeñas acciones que generen bienestar e inculcando a otros para que también hagan el bien por los demás.

Las alegrías más satisfactorias son aquellas que se logran al compartir con nuestros semejantes, no necesariamente algo material, a veces solo basta escucharle y comprender sus necesidades.

En el diálogo conmigo mismo, en aquel tiempo de reflexión necesaria para enriquecerme internamente, no acabo de comprender si los criterios de unos y otros se pueden compaginar en un verdadero haz de voluntades, cuyo único fin sea el bien de la patria que, al final de cuentas, es el de todos.

Somos seres únicos y especiales, con debilidades y virtudes que nos llevan a ser solidarios y compasivos, pero también a la controversia y a la animosidad, acabando con lo bueno de lo primero.

¿Cómo puede decir alguien que hace bien las cosas y es buen panameño, si constantemente envía mensajes con agravios e insultos, que terminan en la comidilla diaria que nada aporta?

Estamos, como cada cinco años, en un momento histórico, en el que se debaten las cosas que podemos hacer bien por el futuro próximo. Así, cada candidato expone sus mejores cualidades y saca a relucir esos rasgos de la “panameñidad”, que lo comprometen a trabajar por toda una nación.

Más allá de las fiestas, de los mensajes, los mítines, la propaganda, los regalos y otras acciones, lo primero que deberíamos entender es quiénes somos, tantos los gobernados, los gobernantes y quienes aspiren a serlo.

Desearía haberme reunido con ellos y decir, “ahora sí estoy claro”, así podría definir el futuro con certeza, procurando la búsqueda del país que quiero y debo perseguir.

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