MALA ATENCIÓN

Una caja de infierno: Evisabel Araúz

Mucho había escuchado de las carencias de la Caja de Seguro Social en lo referente a equipos e insumos, sin embargo, una experiencia personal me dejó convencida de que el problema más crítico yace en la organización y el método de trabajo de quienes laboran en esta institución.

Hace unas semanas, debido a la repentina hospitalización de un familiar, tuve la triste oportunidad de observar de primera mano cómo funciona el Complejo Hospitalario Metropolitano. Al inicio de la hospitalización de mi pariente, lo más inquietante no fueron las seis horas de espera por una camilla ni los días que pasó en un pasillo del cuarto de urgencias, antes de ser trasladada a una sala, sino la gran desatención en la que estuvimos sumidos.

Los médicos llegaban rápidamente a observar a los pacientes en las camillas y desaparecían sin tener comunicación alguna con los familiares. Aunado a esto, aquellas personas con problemas para movilizarse pasaban horas sin poder comer o ir al baño, no por falta de personal para ayudarlos, sino porque los televisores del área transmitían las telenovelas que acaparaban más la atención de técnicos y enfermeras que el clamor de los pacientes.

Cuando por fin llegó la oportunidad de traslado, un rumor sobre la posible contaminación del área de geriatría con una bacteria resistente a antibióticos nos dejó muy preocupados, pero no tuvimos otra opción, ya que no permitían la admisión de la paciente en otra sala y un desplazo hacia el hospital geriátrico significaría un atraso en los exámenes especializados que solo se llevan a cabo en el complejo hospitalario.

En la sala de geriatría lo más difícil de soportar no fue la falta de aire acondicionado, sino el desgano y la apatía de la gran mayoría de quienes allí trabajan. Los médicos conversaban y reían sobre una herida profunda, sin usar protección alguna para prevenir la infección del paciente, mientras una caja de guantes y mascarillas estaba visiblemente al alcance, los técnicos bañaban a los pacientes y dejaban la ropa sucia entre las bolsas de venoclisis, porque mover estas bolsas no les correspondía; las enfermeras dormían en la estación de enfermería, con almohada en mano, e ignoraban a los pacientes que lloraban de dolor en la noche, porque todavía no les tocaba repartir medicamentos.

Exámenes especializados como el CAT tardan múltiples semanas en realizarse, incluso para quienes están recluidos en el hospital, no por la falta de equipo, sino porque, muchas veces, la única persona capacitada para utilizar el aparato no se presenta a laborar o porque los exámenes no se hacen después de cierta hora o porque la coordinación es tan pésima entre departamentos que el paciente es llevado a hacerse el examen en el día equivocado.

Estas y muchas otras situaciones impactan negativamente la calidad de vida y la posibilidad de recobro de los pacientes asegurados.

Mientras no se de un verdadero cambio positivo de actitud, Panamá nunca tendrá el sistema de salud efectivo, eficiente y seguro que todos nos merecemos.

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