CAOS URBANO

El calvario del tránsito: Anel Beliz

El mayor calvario que sufre el panameño es el enorme tránsito vehicular que genera tranques demenciales en el país. Esto, aunado a la falta de transporte público y a la mafia que domina la actividad, con dirigentes que se enriquecen cometiendo todo tipo de irregularidades –sin respeto a los ciudadanos ni las autoridades–, hace de esta ciudad una pesadilla. Lo peor es que no sabemos cuándo o cómo se resolverá este caos.

He tenido la oportunidad de residir en algunas ciudades populosas, sin embargo, en ellas no experimenté los problemas de tránsito que sufrimos aquí. En Hong Kong, por ejemplo, cuya área es la mitad de la ciudad de Panamá, pero con 6.5 millones de habitantes y con más automóviles, el tráfico es lento pero siempre fluido, de manera que jamás se detiene. No importa hacia dónde usted se dirija, llegará a su destino en un tiempo perentorio. Cada conductor es respetuoso, se cuida de no afectar al prójimo ni obstaculizar las vías. No se observan accidentes de tránsito por doquier ni abusos o falta de cortesía.

En París, el área metropolitana cuenta con 12 millones de habitantes y el centro histórico, con 3.5 millones de personas. Sin embargo, el tráfico fluye sin interrupciones y sin accidentes ni otros problemas. Igual ocurre en Los Ángeles, Washington o Miami. Cada conductor ocupa su lugar y respeta el de los demás. Hay organización y cortesía.

En cada una de esas ciudades es posible conducir vehículos sin temor a ser asesinado por los que se autodenominan como “profesionales del volante” en nuestro país. Aquí nadie es detenido por cometer una infracción de tránsito o por matar a un peatón a causa de manejar a velocidad excesiva, en estado de embriaguez u otra irresponsabilidad.

En Panamá, el tránsito es demencial a cualquier hora del día. Ya ni siquiera después de la medianoche se puede transitar de forma segura, pues a esa hora ciertos conductores suelen conducir sus vehículos como si estuvieran en pistas de carreras, debido a la poca vigilancia de las autoridades responsables. Esto ocurre porque la Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT) no se organiza ni cuenta con el personal técnico especializado para ese fin. La dirección de la ATTT se ha convertido en un botín político que se otorga como parte del reparto de cada nuevo gobierno, cuando debería ser eminentemente técnica.

¿No sería más práctico y menos oneroso para el país contratar a un técnico especializado en la materia, que nos resuelva este problema? De esta forma nos ahorraríamos miles de horas perdidas debido a la ineficiente organización vial. Además, se acabaría la corrupción que hay en la ATTT y en el transporte público. También, los amiguismos, los compadrazgos, el nepotismo, las influencias políticas o económicas y el trato preferencial a las aseguradoras. Tampoco habría corrupción policial, con boletas y “salves”, ni retenes sin necesidad y, particularmente, nos podríamos defender de las injusticias que ocurren a diario en la ATTT.

En resumen, por su aspecto técnico y para acabar con la corrupción y la impunidad, es recomendable contratar a un experto para ordenar la circulación vial.

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