CONCIENCIA CIUDADANA

Las reglas que tienen que cambiar: Carlos Eduardo Galán Ponce

Las circunstancias de este país han cambiado a tal grado que ya no es posible seguir dejando en las manos de unos pocos, aunque sean gobernantes elegidos democráticamente, decisiones que afectan de forma tan impactante el presente y el futuro al país en todo, en nuestros recursos humanos, naturales y económicos; en nuestra nacionalidad misma; en la posesión y soberanía de nuestro territorio.

Esta situación ha tomado connotaciones extremadamente riesgosas, cuando el balance que debiera constituir la independencia de los poderes del Estado ha pasado a ser una triste caricatura. Producto de la ambición por el poder absoluto, de la mano de una chequera jugosa, que se nutre constantemente con fondos ajenos, manejada al capricho y la voluntad de una sola persona. O de un grupito incondicional de personas a las que todo les parece bien. Y la población entera tiene que doblar el lomo y rebuscar en sus bolsillos para que se mantenga rebosante de fondos.

Al ver cómo todos los poderes de un Estado moderno y sus organismos de control han pasado a ser simples secretariados obedientes a un exclusivo círculo de poder. Y como nada nos garantiza que esto no vaya a continuar o que a otro se le ocurra seguir con lo mismo, se hace necesaria una Carta Magna que regule cosas tan controvertidas como la minería, que destruye y envenena nuestros suelos y fuentes de agua; el abuso con nuestros ríos del interior del país, para surtir de energía obras diseñadas para crear en este trópico un micro ambiente de Polo Norte para el boato de unos pocos extranjeros y nacionales.

La destrucción de bosques y manglares para rellenar los suelos de concreto en beneficio de unos pocos empresarios. Cosas como estas, que son las que ponen en riesgo la conservación de la vida misma en el país, no pueden ni deben quedar al arbitrio de unos pocos. Se requiere un nuevo orden que obligue a ser sometidas a una consulta ciudadana. Cada uno es libre de tener sus propias ideas y que nadie se crea dueño de la verdad. Por eso es que si no podemos confiar en el sano y equilibrado juicio de los gobernantes, lo correcto sería que sobre temas tan trascendentales como estos sea la población la que decida.

Que no sean las ideas meramente mercantilistas, que ya rayan en lo enfermizo, como ocurre ahora, las que prevalezcan. Porque una cosa es cierta: nadie que defiende el medio ambiente lo hace por un lucro personal; mientras que no hay un solo depredador del ambiente que no persiga exactamente lo contrario, su muy personal beneficio.

Si los legisladores que escogen los residentes de los diferentes circuitos del país para que los representen y defiendan sus derechos, como es el principio del sistema político representativo, cuando llegan a sus puestos se “viran” y se pasan al bando del partido en el poder, esta representatividad se pierde.

Entonces, por puro dinero, pasan sumisos a hacer causa común con los foráneos que llegan a alterar el ambiente de los poblados que los eligieron. Esta es la triste realidad que hace que cada día grupos de ciudadanos tengan que salir a las calles a luchar, no solo porque se les provea de los más elementales servicios que requiere un estilo de vida decente, sino porque no les destruyan lo poco de amigable que aún conserva el ambiente en sus entornos, mientras sus representantes elegidos para defenderlos, en el mejor de los casos “ahuecan el ala”.

Este es el triste camino por donde nos llevan los fanáticos del capitalismo desbocado que por unos dólares más son capaces de cualquier cosa. Y venden el país por trozos, a cualquiera que venga. Tanto que combatimos a “los gorilas”, y la plaga que nos ha caído, los ha ido superando a pasos agigantados en casi todas las materias.

A pesar de que ya vemos cerca de nuestras fronteras que ese es el abono más efectivo para el brote de teorías más radicales, no creen que viene el lobo, hasta que llega el lobo. Y los que pagamos el parto somos los que menos culpa tenemos. Los responsables jugarán a las “escondidas”, como ahora andan los venezolanos. Buscarán dónde llegar con sus millones a “emporrarle” la vida a otros, a encarecerlo todo, como han hecho aquí.

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