DECADENCIA SOCIAL

La coima institucionalizada: Agustín Clément

Como dije en un artículo anterior, lo primero que nos viene a la mente cuando decimos juega vivo, es la gente pobre que acepta tanques de gas, gorras, arroz o camisetas a cambio de votos; sin embargo, en la clase media y alta se ve tanto o más juega vivo, cuando la señora encopetada se cuela en la fila del supermercado; cuando los conductores de carrazos, tipo 4x4, se estacionan en los puestos de las personas con discapacidad o cuando los dueños de flamantes sedanes, de vidrios ahumados y rosarios pegados en los bumpers, usan el hombro de la vía para entrar primero que tú al Corredor.

Hoy me enfocaré en el tema de la coima o mordida –la más representativa de todas las expresiones del juega vivo–, que no es una exclusividad panameña, sino una prática mundial. Se define como la injusta comisión que le paga alguien a un corrupto con poder para ganar una licitación, un lugar preferencial, negocio o privilegio. Cuando se habla de coimas lo primero que le viene a la mente al panameño es el Gobierno. No importa cuál sea el partido, todos sabemos que el que suba hará mucha plata ilegal coimeando. O sea, cobrando bajo la mesa jugosas cantidades para darle al que pague la mordida la oportunidad de hacer la carretera, el puente, las camisas bordadas, el parque en el pueblito natal, etc.

Hay coimas “elegantes”, como relojes Rolex para pedir los votos de una bancada o toda una Asamblea, hasta maletines de mafioso, llenos de billetes que nadie sabe nunca dónde acaban. Las hay tan suculentas y bien pensadas que se usan para crear accionistas (con nombres prestados) en las obras que ellos hicieron, como gobernantes, y todo Panamá lo sabe. Es algo tan común, que ya la gente lo ve como normal. Los valores panameños se reformulan, y se escuchan frases como “Este no roba tanto”; “Este roba, pero al menos hace obras”; “Coimea, pero ayuda a su familia”. ¡Plop! ¡Qué buena gente! ¡Qué buen familiar!

Aquí cabe preguntar: ¿Y la empresa privada qué hace? No crea usted que esto de las coimas es una exclusividad del Gobierno. No, para nada. Semanalmente oigo historias de amigos proveedores de empresas privadas que cuentan las peripecias y las comisiones fijas que pagan para que les den el negocio, ¡así como lo lee! Sin que sus jefes superiores lo sepan, el personal de los mandos medios de muchas megaempresas cobran mensualidades para contratar a X o Y proveedor. Es un secreto a voces que nadie se atreve a enfrentar. Yo estoy convencido de que las grandes empresas registran estos robos o picardías dentro de su margen de pérdidas, porque es absurdo que los auditores internos no se enteren de lo que pasa... o que un jefe con dos dedos de frente no se percate que un empleado que gana $2,500 al mes cambie de carro cada seis meses o tenga el último reloj de marca.

Mi amigo Juan Benicio me cuenta de Robert, un gerentito que le cobra coima por escogerlo a él por sus servicios antes que a otros proveedores. Juanbe tiene que darle mensualmente la mordida acordada, de otra forma, pierde el contrato. Robert, como sabe cuándo pagan, llama inmediatamente a Juanbe para decirle: “¡Papa, ratita! ¡Tas demora´o! ¿Qué sopa?”. Y Juanbe corre a depositar la mordidita que oscila entre el 20% y 25%. Pero no todo queda ahí; cuando es Navidad (miren qué cristiano) Robert le manda a todos sus proveedores su listita de merry Christmas, que incluye desde el BluRay 3D, Nintendo para los hijos y camas king size.

Juanbe, resignado, busca lo más barato de la lista y encuentra un celular de $500 y corre a confirmar que ese será su regalo, pero, ¡oh sorpresa!, Robert le reclama que no le dio nada a su esposa. (Deberían poner mesas de regalo como en las bodas de antaño). Mientras oigo todo esto, me siento como en la dimensión desconocida. Y le pido a mi santo favorito, porque soy muy católico y devoto, que pillen pronto al tal Robert, por sucio y descarado.

Para concluir, les cuento sobre un famoso del patio, cuyo nombre me reservo por razones obvias, quien trabajaba para una firma oriental de tecnología, y gozó a más no poder pidiendo coimas a sus proveedores y soplando los presupuestos de gorras, artículos promocionales y vallas espectaculares. Cuando lo pillaron fue despedido (obligado a renunciar), pero los orientales, por honor, políticas de la empresa o quién sabe qué no le decían a nadie las razones de la renuncia forzada del susodicho. Ese sujeto fue a otras empresas donde siguió con lo mismo y, actualmente, está en un puesto estratégico de otra megatransnacional. Me pregunto yo: ¿Nadie le pondrá un alto a esto? ¿Será posible que todo el que presta un servicio o vende un producto en este país debe dar coima para poder trabajar?

Cuando no se hacen las denuncias formales de la gente que coimea o roba en una empresa, se patrocina esta práctica. Cuando no se advierte a otras empresas, es como descubrir que tu nana es una asesina, pero te quedas callado, aunque veas que otra familia la contrata. ¿Les dará vergüenza ser víctimas de esta calaña y aceptarlo públicamente? ¿Cómo se desenmascara a estos coimeros de las empresas privadas? ¿Cómo se acaba con el juega vivo? ¿Por qué no premiamos al honesto, que prefiere comerse un cable con transformador y todo, antes que darle coima a un sinvergüenza? ¿Cómo volvemos a ponerle el letrero de corrupto al coimero? Parece algo fácil en un país tan pequeño, en una ciudad minúscula donde todo el mundo sabe, por ejemplo, cuáles periodistas coimean por no meterse con ciertos políticos, y cuáles no. Pero no es tan fácil, siempre harán falta pruebas.

Yo invertiría en las nuevas generaciones y dejaría que las viejas (la nuestra) se terminen de corroer y se caigan a pedazos. Si logramos que los niños vean el juega vivo como algo malo... quizás haya esperanza, resurjan del óxido y triunfe la honestidad.

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