LASTRE SOCIAL

El cojo y la muleta: Priscilla Delgado

Hay una canción de la década de 1970 que se llama, Dando Vueltas, pero es mejor conocida como “el cojo y la muleta” y la compuso el grupo de Roberto y su Zafra, de los combos nacionales. Hasta el día de hoy esta pieza forma parte de la cultura musical del panameño, y se baila donde sea que se escuche.

Parece que el título de este artículo de opinión no tiene ni ton ni son, pero es que hay una relación directa entre esta canción y las divisiones que permean con fuerza entre los panameños y que quisiera que fueran vistas a luz de los muchos acontecimientos que ocupan nuestro día a día, en cuanto al devenir político, económico, social y cultural.

Hace unos días, el Sr. Presidente de la República estuvo en un canal de televisión y usó palabras muy nuestras, como “darle coscorrón” y “jochando”. Estas dos palabras, aunque parecen impropias de un Presidente, dicen mucho de la panameñidad y de nuestra forma de ser y me hicieron recordar que han sido usadas por el pueblo de todos los estratos sociales.

El cojo y la muleta me lleva a sentir que los menos de 4 millones de panameños no podemos seguir divididos; que somos un solo pueblo al que le gusta la música de salsa, las carimañolas y el sancocho de gallina. Que cuando Rubén Blades canta Patria, todo el mundo se emociona. Entonces, me pregunto: ¿Por qué tanta saña, por qué tanto odio, por qué tanta maledicencia entre nosotros? Muchas veces, más que seres humanos, parecemos vivir en la edad de piedra, conduciendo nuestras vidas con un nivel de agresión que es evidente y se pone de manifiesto en el actuar de muchos y que es notado por los extranjeros que conviven entre nosotros.

Por un lado, hacemos alarde de la gran ciudad en la que vivimos, “que es maravillosa, que es la mejor, que no la cambiados por nada”, por otro lado, impera la intolerancia, la desunión, la palabra ofensiva sin importar a quiénes va dirigida ni las secuelas que este “dardo”, que es la palabra, pudiera ocasionar.

Son lamentables las posturas asumidas por quienes deben ser ejemplo para los ciudadanos, es decir, todos los que de alguna manera tienen la posibilidad de ser vistos, escuchados y leídos en los medios de comunicación. Si queremos ser un país que busca el desarrollo, éste debe ir de la mano de una conciencia de unidad. Pero no hay forma humana de encontrar algo positivo en nuestro quehacer diario y somos nuestros mismos detractores de proyectos. No creemos en lo que hacemos, trabajamos en islas, sorprendentemente, con los mismos propósitos.

Si todos los sectores estuviéramos buscando, realmente, el mejoramiento del país, usaríamos un lenguaje distinto. Lamentablemente no es así, cada uno trabaja con una agenda personal que está basada en lo económico, en el poder, y muy poco en los valores.

Cuando tengamos conciencia de lo que es cultura ciudadana, tal vez, aprendamos a comunicarnos mejor.

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