EL MALCONTENTO

La dulce colmena del poder: Paco Gómez Nadal

Hay dos razones fundamentales –con múltiples variantes- que explican el afán de perpetuarse en el poder de los Presidentes. Una es la enfermedad crónica del mismo, del poder, insisto. Algunos dirigentes, entre ellos los dictadores, creen –o son convencidos- que su cargo es fruto de un designio divino que no puede pertenecer a nadie más excepto a ellos. La ausencia de banda presidencial les provoca mareos incontrolables, vómitos y alergia súbita a la realidad.

Pero hay otras razones menos somáticas para querer tener todo bien atado: la impunidad. Este deseo irrefrenable de estar alejado de los banquillos de acusados de los tribunales suele ser un síntoma de un problema profundo de los cleptómanos públicos: dícese de los individuos que una vez en el poder se lucran de él, de los contactos que de él logran y de las prebendas para la cohorte de manzanillos que se benefician económicamente tras mantener la posición genuflexa durante años.

Ambos casos de “poderitis” son muy peligrosos. El primero, el de la adicción al poder en sí, porque suele perpetuar regímenes dispuestos a acabar con la población a la que dicen salvar y solo suelen terminar con la muerte del portador de la banda presidencial o con un derramamiento de sangre tan estúpido como doloroso. En el segundo caso, el del que busca impunidad, la hipoteca para la sociedad que engendra a los adictos dura más tiempo y es más sutil. Para garantizar la impunidad judicial tras años de desmanes no hay por qué permanecer en el trono. La clave es saber atar bien los cabos para que el viento de la justicia no dé portazos en el pacífico refugio del ladrón compulsivo.

¿Cómo garantizar esa impunidad? Suele haber tres caminos, y todos son compatibles. De hecho, la sugerencia de los expertos es poner todos los planes en funcionamiento a la vez por si alguno de ellos desfalleciera.

El primero es lograr algún tipo de cargo que conlleve inmunidad. Quizá por eso, tras vilipendiar hasta el cansancio al Parlacen, ahora Panamá vuelve al inútil estamento regional que puede servir de paraguas –como ya lo ha hecho con otros expresidentes- al nuevo empresario mediático, antes conocido como el empresario de los supermercados.

El segundo es pactar. Pactar hasta con el enemigo, que suele sentarse en la bancada de la oposición. A cambio de algunas cesiones, o de algunos favorcillos, se convence al posible nuevo Presidente de la República de que haga la vista gorda con el pasado. Esta técnica ha sido ampliamente utilizada en un país como Panamá, donde la clase política es rotatoria y siempre termina volviendo. No hay exaltos cargos en prisión ni investigaciones serias sobre los evidentes robos sistemáticos practicados por, posiblemente, todos los gobiernos desde la invasión estadounidense. El tercero es asegurar que los puestos clave de la institucionalidad que puedan husmear en los asuntos sucios pertenezcan a tu cuerda. En eso estamos. Por un lado, magistrados afectos, autoridades cercanas e investigadores de casa para evitar sustos. Por otro, autoridades que dan permisos o que abren puertas a los negocios para que no se cierre la puerta al cleptómano y sus secuaces.

La sensación que tengo es que por ahí anda la estrategia que podemos intuir tras los últimos nombramientos del Gobierno en puestos clave de la administración que se solaparán con el próximo Ejecutivo. No es nada nuevo lo que está haciendo Martinelli, pero él –como casi todo– va un poco más allá.

Cuando salga del Gobierno –aunque sea metafóricamente-, el dueño de buena parte de los negocios de alimentación del país controlará un buen porcentaje de los medios de comunicación, tendrá una parte del pastel energético y poseerá acciones en muchas compañías, aunque no lo sepamos. También podrá estar tranquilo en cuanto a investigaciones de oficio por parte de la administración de justicia o del Ejecutivo, porque los puestos clave los seguirá manejando a control remoto.

El problema no es él y su corte, sino que no parece que el panameñismo o el PRD –habituales también de estas prácticas- o todos los minipartidos satélite que se alimentan de las sobras del poder vayan a hacer algo al respecto. Resulta muy incómodo asistir a este espectáculo con la ridícula sensación de que las entradas están vendidas, los papeles repartidos y el desenlace pactado en una taberna. Para 2014, todo habrá quedado listo y los ciudadanos votarán en las tristes urnas de la mentira para avalar lo que nadie les ha consultado.

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