REFLEXIONES

El concepto de Estado fallido: Ricardo Basile

Mucho se habló durante el período electoral pasado sobre la importancia de las elecciones del año 2009. Entre otras cosas, se mencionó que si la administración entrante no llenaba las expectativas de la población (en materia de seguridad, justicia, transparencia, desarrollo social y económico, entre otras) nuestro frágil sistema democrático estaría en peligro.

Dos años después de realizadas las elecciones y ante la realidad política actual, me gustaría citar lo que indica el Fund for Peace y la revista Foreign Policy sobre el concepto de Estado fallido en su informe anual The Failed State Index: “El complejo fenómeno del fracaso de los sistemas democráticos es tema de muchas discusiones en distintas instituciones y esferas sociales, pero sigue comprendiéndose muy poco. Los problemas que acosan a los Estados en proceso de convulsión política suelen ser muy similares: corrupción generalizada, clases dirigentes depredadoras que monopolizan el poder, ausencia de un sólido estado de derecho y graves divisiones entre la población”.

“El término también se utiliza en el sentido de un Estado que se ha hecho ineficaz al momento de cumplir las funciones que le han sido asignadas en materia de seguridad, justicia, transparencia y desarrollo social y económico. El mayor énfasis que se hace a este respecto es la capacidad con la que cuenta un Estado para hacer cumplir las leyes de forma uniforme, manifestándose su incapacidad en las altas tasas de criminalidad, corrupción extrema, un extenso mercado informal, burocracia impenetrable, ineficacia judicial, interferencia militar en la política, y aquellas situaciones en las cuales la sociedad se ve obligada a subsanar de forma independiente las tareas pendientes que el Estado no ha podido llevar a cabo con éxito”.

Cualquier semejanza, no es mera coincidencia...

Después de 25 años de la Cruzada Civilista y de 20 años de haber “recobrado” nuestra democracia, los ciudadanos de este país nos encontramos ante una encrucijada en la que debemos decidir si seguimos dejando nuestra patria en manos de quienes nos la han ido acercando, cada vez más, a las situaciones antes mencionadas o si de, una vez por todas, seguimos el ejemplo de nuestros padres, quienes arriesgaron su comodidad, su libertad y hasta su vida para que nosotros cada cinco años pudiésemos elegir un gobierno de manera libre y democrática.

Es cierto que el escenario actual es distinto al de nuestros padres, pero demanda de nosotros lo mismo; participación, solidaridad y compromiso. No es moral que sigamos cada uno “en nuestro mundo”, pensando que “la política” no es “conmigo”.

El peligro de caer en un Estado fallido es real, especialmente si continuamos contrayendo deudas que afectan nuestros ahorros, los fondos estatales actuales y de administraciones futuras; si callamos ante gobiernos que financian las luchas de clases en pro de intereses aún oscuros y que debilitan, cada vez más, nuestras instituciones para asegurar su permanencia en el poder.

El único camino es levantar la voz y tomar acción. Sin excusa; el destino de nuestro país está en nuestras manos.

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