ELLOS Y NOSOTROS

Sobre el conflicto en la comarca: Gregorio Urriola Candanedo

Una de esas realidades incómodas que saltan a la luz en la actualidad es la situación de pobreza extrema de los pueblos indígenas, precariamente asentados en las resquebrajadas estructuras de la institucionalidad republicana y en un sistema depredador y globalizador, cuya voracidad no parece comprender sus propios límites de sostenibilidad ambiental y humana.

Los recientes acontecimientos en los piedemontes de la serranía del Tabasará, donde un proceso de conquista y colonización que claramente no acaba, orillaron a los pueblos originarios a una lucha que se remonta a Urracá y Quibián, expresan, entre otras situaciones incómodas, la no aceptación de la realidad que desgarra desde su origen al país: exclusión, marginación, polarización, negación del otro.

Recordemos que hace poco más de una década nuestro país logró integrar la base material de la República. La llamada quinta frontera fue abolida tras una lucha generacional que se inició apenas unos meses después de que Buneau–Varilla hipotecara nuestra independencia y nos amputó el control soberano de la sección más estratégica de nuestro territorio. En aquella amarga coyuntura, la facción más lúcida de la clase dirigente del país entendió la hipoteca que se creaba, un Estado tutelado y mediatizado, y comenzó una lucha por liquidarla. Una lucha que nos llevó casi 90 años. Nuestra clase política debió reaprender que de soberanía sí se come, como hoy lo corroboran quienes derivan del clímax del hartazgo, y usufructúan, por la luchas y martirologio del pueblo, de lo que anteayer sus propios abuelos juzgaron imposible.

En suma, recién ayer logramos juntar las piezas del rompecabezas nacional en lo que toca a su base material: el territorio mismo de la patria. No así ni en lo político, ni mucho menos en la llamada cuestión social. En lo más hondo de lo que hoy enfrenta a los pueblos originarios con los modernos descendientes de Pedrarias, está la llaga supurante de que esto que llamamos Panamá no acaba de armarse, pues priva la lógica feroz que enfrenta a un “ellos” y a un “nosotros” azuzados por los que quieren seguir pescando en río revuelto.

Ellos y nosotros. Por un lado está la lógica del que simplemente asimila y subsume. La que niega y anula. Desde esta perspectiva “ellos” deberán ser como nosotros (si bien entre nosotros los hay que ni saben bien quiénes somos, ni les interesa saberlo siempre que florezca el negocio). Mientras los millones dancen hacia los bolsillos estamos –nos dicen – en el mejor de los mundos posibles. Y si “ellos”, los otros, se niegan, sobre todo ellos, esos, los sucios, los malolientes, los desharrapados, pues a aplicarles las receta de siempre: arrinconarlos primero, enviamos luego al cura doctrinero para civilizarlos y domesticarlos y, si esto no es suficiente, o el tiro se sale por la culata –afortunadamente hay quien sí aprende del dolor ajeno– pues que lleguen los gendarmes y disparen a mansalva y a degüello. Los muertos los ponen otros.

En lo social y realmente esencial, la llamada cuestión indígena es solo la punta de un inmenso iceberg. ¿Qué pasará cuando los indígenas se den cuenta de que ellos son realmente una nación distinta a fuerza de que la otra, la nuestra, simplemente quiere usufructuar a su costa o, peor aún, los piensa prescindibles? ¿Qué pasará cuando la mayoría del país capte, a fuerza explotación irracional, que se nos acaban el agua, los montes y hasta el aire mismo que respiramos, como ya lo saben los grupos ambientalistas y los campesinos para los que la tierra es sagrada, y el suelo es la raíz que sustenta y alimenta, y no otra mercancía más, otro bien comercializable?

En el fondo, en lo basal, está la dinámica depredadora y excluyente, enfrentada a la lógica mucha más lenta, mucho más compleja del respeto, del disenso, de la tolerancia, el diálogo y la crítica, de la razón y las racionalidades plurales. Nadie se llame a engaño, esta última lógica inclusiva es la única que a la larga puede cimentar un pacto social duradero. No es el cobre ni las hidroeléctricas en sí mismos, por mucho que cobre y electricidad pesen –y pesan mucho como ya sabemos–. Pero como siempre la pregunta es para beneficio de quienes y a qué costo. Y mientras el pan no se comparta con equidad en la misma mesa, ellos y nosotros seguiremos fracturados.

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