EL MALCONTENTO

La constituyente que no será: Paco Gómez Nadal

La constituyente que no será: Paco Gómez Nadal La constituyente que no será: Paco Gómez Nadal
La constituyente que no será: Paco Gómez Nadal

No será el presidente Juan Carlos Varela el primero en incumplir su programa electoral. Sería extraño toparse con un político que pensara que las promesas son compromisos. Sería inédito un programa electoral que tuviera carácter de contrato con la sociedad. Tampoco es Varela el primer mandatario que se aferra al cemento para tratar de pasar a la historia. Y, desde luego, no va a ser el presidente, exvicepresidente y empresario el pionero en hacer que nada cambie convocando numerosos “diálogos nacionales” que, como todos los anteriores, quedarán en la memoria como una reunidera inútil con pactos de Estado no asumidos por el Estado y cartas al Niño Dios que, como muchas de las que escribimos de niños, nunca obtendrán respuesta.

En su informe a la nación, año y medio después de llegar al poder, Varela ha enterrado promesas ya inermes. La constituyente es la más llamativa. Primero porque en su programa electoral –él lo denominó Programa de Gobierno 2014-2019- era muy contundente al respecto: “Convocaremos una Asamblea Constituyente Paralela dentro de los dos primeros años de Gobierno”. Segundo, porque podemos compartir que es un reclamo social mayoritario. Panamá necesita refundar sus bases políticas porque el país no aguanta ni un parche más. La constituyente no será. Ni apareció en el optimista discurso de Varela ni se le espera. No tiene interés el presidente de abrir una puerta a cambios que pueden mermar el poder de la mafiocracia y de las familias, como la suya, que se benefician de este estado caótico de cosas.

Mejor hacer carreteras y líneas de metro… eso sí que lo hace a uno popular y evita quebraderos de cabeza. Es curioso como, en el relato de megaproyectos de infraestructura que hizo el presidente, tampoco aparecieron algunas de sus promesas recogidas en el Programa de Gobierno que tampoco será… pero ya se sabe que de memoria y de rendición de cuentas siempre hemos estado escasos.

Vuelvo a la constituyente. No soy, y lo he manifestado antes, de los que cree que la solución a todos los males reposa en una constituyente. Ni mucho menos. Hay constituyentes y constituyentes. Las hay plurales, democráticas y abiertas a la participación y las hay plutocráticas, controladas y dirigidas. Siempre creí que la constituyente que prometían Varela y los suyos se asemejaba más bien al segundo modelo. Pero lo cierto es que cuando se instala una asamblea constituyente se abren dos oportunidades únicas: la de poner en el debate nacional los grandes asuntos de Estado aplazados durante décadas y la de dejar por escrito en la carta magna aquellos aspectos que los gobernantes prefieren manejar normalmente a punta de decretos y madrugonazos.

Panamá no ha logrado sacar de la matriz clientelar a la política y precisa de una transición constitucional que reforme y refuerce sus instituciones y que dé rango constitucional a los derechos fundamentales de la ciudadanía. El bienestar y la salud de los menores, el derecho a una pensión de los adultos mayores, la redistribución de las inmensas riquezas que genera el país, la libertad de expresión, el carácter de los órganos policivos, la soberanía alimentaria o los servicios públicos no pueden depender de la lucidez o del capricho de uno u otro presidente.

Varela aún tiene la posibilidad de pasar a la historia. No como el inaugurador de obras que no quería (como la ampliación del Canal) o de aquellas que está extendiendo (como el Metro o las ampliaciones de carreteras), sino como el presidente que abrió al país la oportunidad de sentarse en un diálogo nacional verdadero que cristalice en una nueva Constitución.

Los planes de desarrollo (a 2030 o a 2080) con lógica empresarial o los debates sobre Salud o Educación sin peso de ley son ejercicios florales de distracción o tarea para que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sienta que sirve de algo. Así ocurrió con Bambito I y II, con Visión Nacional 20/20, con el Pacto de Estado por la Justicia o con el Diálogo sobre la Seguridad Social… discusiones interminables y conclusiones –endebles en unos casos y poderosas en otras– de las que el poder solo cogió las que le interesaban.

La constituyente sigue siendo un reclamo y el gobierno de Varela no se puede hacer el sordo. Un país, además de letrinas y carreteras, necesita de un marco institucional fuerte y de unas reglas democráticas claras para salir del laberinto de la politiquería en el que es tan fácil caer cuando los Martinelli, las Moscoso, los Pérez Balladares o, incluso, los Varela juegan con él a su antojo. Si el presidente es tan religioso como parece debe escuchar con tiento al papa Francisco cuando tuitea que “la desigualdad es la raíz de todos los males” y Panamá, presidente, sigue siendo una nación terriblemente desigual. Para comenzar a corregirla hace falta osadía y mucha política, no solamente cemento y promesas.

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