SEGURIDAD ALIMENTARIA Y EMPLEOS

Hacia la conversión del agro panameño: Raúl Gasteazoro

El sector rural de Panamá ha sido la fuente principal de nuestro folclor y es donde habita un número importante de nuestra población. Tradicionalmente, la actividad agrícola ha sido fuente de empleo para cientos de miles de panameños y responsable por la actividad económica orientada a la exportación y a la seguridad alimentaria.

Su porcentaje del producto interno bruto es relativamente pequeño y su crecimiento ha sido anémico en los últimos años. Puntualmente, el sector agrícola y la pesca juntos suman menos del 10% del PIB, pero son responsables por el empleo de aproximadamente el 20% de la mano de obra.

Sus perspectivas hoy son preocupantes, ya que enfrenta el reto de la globalización, la competencia de productos agrícolas extranjeros producidos a menor precio y de mejor calidad, una reducción en la mano de obra, la erosión y una agenda de estado difusa e incierta. Nuestro problema con el sector agrícola no es de reciente data ni puede atribuírsele a un solo gobierno.

El sector ha languidecido por falta de claridad en las políticas de Estado. Para las economías en desarrollo, la oferta pública de seguridad alimentaria mediante la acción gubernamental rápidamente se degenera de su función esencial como estímulo económico en una respuesta política a las presiones de rápida transformación estructural, convirtiéndose así en un lastre para la eficiencia económica. Así, la relación de largo plazo entre el crecimiento económico del sector agrícola y la seguridad alimentaria tiende a pasar de positivo a negativo como agente de desarrollo. Debido a la inercia inevitable en el diseño e implementación de políticas públicas, enfrentamos un serio desafío para implementar una política de alimentación adecuada centrada en un sector agrícola productivo y eficiente.

Hace décadas, la solución a los problemas agrícolas se centraban generalmente en tres ejes: aumentar la tecnología agrícola, mejoras genéticas y en insumos agrícolas (pesticidas, fungicidas y fertilizantes). De estos tres, el último ha causado severos trastornos en el medio ambiente, puesto en riesgo la salud del trabajador agrícola y degenerado la riqueza de nuestros suelos.

Aquí propongo dos programas específicos. Primero, facilitar el acceso a nuevas tecnologías mediante mecanismos expeditos de aprobación gubernamental. Hay tecnologías de producción basadas en productos biológicos y químicos que son seguras y de riesgo mínimo. Algunos ejemplos bastan para entender el problema.

Ciertos hongos aumentan la fertilidad de los suelos y el rendimiento de los cultivos; ejemplo, las micorrizas que ayudan a fijar nitrógeno por la simbiosis. Hay pesticidas y fungicidas de otros países que no requieren registro alguno y se venden libremente (ver minimum risk pesticides en http://www.epa.gov/PR_Notices/pr2000-6.pdf).

Estos productos son biodegradables y basados en productos naturales derivados de plantas. Sin embargo, no se pueden ni introducir ni comercializar legalmente en Panamá sin pasar por un proceso gubernamental de aprobación que es arbitrario, burocrático y anticuado. En Panamá, tenemos una barrera para usarlos en el sector agrícola.

Segundo, propongo un programa para mejorar los suelos usando la tecnología indígena conocida como “terra preta do indio”. En la Amazonia, hay tierra milenaria que hoy sigue fértil. Esta tecnología convierte los suelos tropicales (de baja fertilidad) en suelos fértiles que producen sin fertilizantes por centenios. Esto suena a cuento chino y hasta que uno no se mete a investigarlo es que uno llega a darse cuenta del potencial de esta tecnología (ver http://historico.elpais.com.co/blogs/principal/blog1.php?b=36&n=698).

Hacer carbón vegetal (mediante la pirolisis) activado con abono orgánico logra dicha fertilidad, una vez se incorporan al suelo. Esto tiene tres beneficios directos: primero, ayuda a reversar el calentamiento global al secuestrar carbono en la tierra; segundo, aumenta la fertilidad de la tierra; y tercero, reduce la dependencia de fertilizantes sintéticos que se derivan del petróleo.

Estas propuestas reversan el daño que hacemos al medio ambiente y al calentamiento global del planeta con nuestras prácticas agrícolas. Necesitamos más programas sencillos para transformar el agro panameño y asegurar nuestra seguridad alimentaria.

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