MALOS EJEMPLOS

¿Se culturizó la corrupción?: Ana Paula Figueroa González

¿Se culturizó la corrupción?: Ana Paula Figueroa González ¿Se culturizó la corrupción?: Ana Paula Figueroa González
¿Se culturizó la corrupción?: Ana Paula Figueroa González

En los últimos meses Panamá ha sido testigo de los primeros atisbos del incomparable mapa de corruptela que se trazó durante la pasada administración de gobierno, lo que levanta enorme indignación entre parte de la población. La corrupción de los pasados cinco años supera, con holgura, la de gestiones anteriores e inclusive a la del período de la dictadura militar.

La corrupción, definida como el uso del poder público para obtener un beneficio personal, es un fenómeno que perjudica al país, pero considero que el mayor impacto es el que se produce sobre las familias de menos ingresos, en vista de que ese flagelo alimenta la pobreza (hace más pobres a los pobres). Desafortunadamente, con las recientes victorias de candidatos que usaron bienes públicos en sus respectivas campañas, observamos cómo este mal social se ha impregnado de forma patológica en muchos conciudadanos que, al margen del cuestionable origen de las migajas que reciben, idealizan ese descaro.

Es innegable que en Panamá este mal envenenó a una parte significativa de la población, porque en muchas comunidades esa práctica se convirtió en norma. Con ejemplos como “el que no da, no va” se transmite el mensaje de que las vías legítimas de acceso al poder, ascenso social y progreso son ineficaces, y que lo redituable es la mediocridad, el servilismo, la deshonestidad y la inmoralidad.

Al parecer, quienes votan por los candidatos que utilizaron los bienes del Estado en beneficio personal, así como los que defienden a presuntos corruptos, ven esa práctica como un fenómeno natural y retributivo, tanto en la política como en el funcionamiento de los servicios públicos, y eso es insano y peligroso. Por esto, nos toca transmitir el mensaje de que en realidad lo delictivo o corrupto genera sociedades injustas en las que es difícil vivir con dignidad. Además de lo costoso, frustrante y temerario que significa estar en un ambiente carente de transparencia y justicia.

Es cierto que podemos educar sobre la alta correlación entre la corrupción y la falta de desarrollo económico, la deficiente asignación de recursos, el bajo nivel educativo, la desigualdad y los demás lastres económicos, sociales y humanos que deja esta práctica destructiva en el país. Pero esto no servirá de nada, si no se crean los mecanismos para castigar a los corruptos, particularmente, en los niveles más altos. Esa es la mejor manera de demostrar que ya no será posible ser corrupto y salir indemne, porque cuando se le condena, cesa la tentación de delinquir en todos los niveles, y se mejora la calidad de la vida democrática en un Estado.

Mucha de la corrupción que se practicó en todos los gobiernos –aunque perfeccionada con el anterior bajo una modalidad leseferista– se debe a que es casi nula la probabilidad de ser condenado por ese tipo de actos. A pesar de que esta podredumbre se puede atenuar con educación ética y transparencia, su práctica continuará mientras que la ganancia a obtener sea mayor que la certeza de posible castigo. Algo que –es triste decirlo– se permite y hasta se fomenta por la forma en que está configurado el Órgano Judicial y el Ministerio Público.

En nuestro país no hay casos de condenas por corrupción contra algún funcionario o exfuncionario de alto perfil. Hasta ahora, la tónica ha sido que los que incurren en esta práctica saben que es difícil que se les acuse, procese y condene. La probabilidad de pagar por haber cometido esa falta tiende a cero, eso explica la alta incidencia de casos que hubo en el pasado quinquenio.

Mientras no aumente la probabilidad de castigar al corrupto, ese flagelo no disminuirá. Ojalá las esperanzas que despiertan tras los recientes nombramientos no sean defraudadas y se demuestre que en Panamá también puede haber una “justicia igualitaria y ejemplarizante”.

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