IMPORTANCIA DE LA LIBERTAD INDIVIDUAL

La corrupción del Estado: John A. Bennett N.

Antes que nada y para despejar confusiones, definamos Gobierno y Estado. Gobierno es ese andamiaje de leyes administrativas y su puesta en práctica por las autoridades correspondientes. El Gobierno es la teoría del Estado puesta en práctica a través de seres humanos muy falibles. En contraposición, el Estado es poco visible, pues más que nada es un concepto; es un himno, una bandera. El Estado es la estructura política que supuestamente quedó plasmada en una Constitución, que pocos conocen y mucho menos acatan. El Estado siempre está allí, aunque no lo veamos; mientras que los gobiernos son como las mareas, que van y vienen. Es al Estado que rendimos pleitesías cuando cantamos el himno con la mano sobre el corazón, y no a los gobiernos. En fin, los tránsfugas no salen de un Estado para enrolarse en otro, pero si cambian de partido como quien se cambia de ropas con la nueva moda.

Por debajo de todo ello está la sociedad que podemos identificar como la “Nación” o “el país”, que es el colectivo de factores que constituyen la vida y realidad istmeña. Es en la sociedad en donde nos caracterizamos y nos expresamos en literatura, en la historia, religión y nuestras convicciones personales, las cuales, en algún grado, compartimos con los demás. En la comunidad es donde fincamos nuestras relaciones personales y nos expresamos en religión y en etnicidad, dejando lo político a un lado.

Mientras la sociedad, en general, es un concepto de paz y tolerancia, el Estado, lo vemos con el tolete en mano y las armas al cinto. Podríamos decir que el Estado es el lado oscuro de la fuerza, mientras que la sociedad es la luz. El problema es que desde niños en las escuelas nos metieron en la cabeza un cúmulo de ideas nacionalistas aberrantes que nos han predispuesto a ser esclavos de los poderes de turno, que esgrimiendo himno, escudo y bandera, nos arengan en sumisión. Nos hostigan a ser cómplices de intereses sectoriales, semejantes a los que apoyan al cruel Gaddafi.

Al Estado poco le vemos, particularmente cuando todo anda bien. Es análogo al policía, a la que nadie le presta mucha atención, hasta cuando se presentan los maleantes. Pero en ese momento quedamos lidiando con el Gobierno y no el Estado.

La mejor forma de apreciar al Estado es a través de la guerra, pues es en tiempos de crisis cuando invocamos al Estado, que constituye el efecto agresivo de la colmena. La guerra es la función del Estado. La guerra es la cal y canto que une a los ciudadanos en una oleada común de agresividad. El problema es que esa característica, normalmente defensiva, también puede ser torcida para uso agresivo, tal como lo usó Hitler o como lo acaricia Chávez y otros que comparten su demencia.

Es en esta característica de agresividad en donde se insertan los malos políticos para arrear a la sociedad en perversión. Bien conocen los manipuladores cómo hacen funcionar las emociones de la muchedumbre, rociándola con feromonas estatales. Y todo el que se opone a los designios de los regentes de turno es acusado de “desleal” al Estado.

En tiempos de paz, no tiene gran consecuencia la crítica hacia el poder estatal; pero en tiempos de guerra ello se convierte en “traición”. El politicastro que bien conoce estas flaquezas sociales, se aprovecha de ellas en tiempos de paz, para lograr que el redil permanezca en un encierro de perversidades. Esto lo vimos en la Apede durante la dictadura torrijista, cuando nos lanzaron una horda salvaje a ultrajarnos por el pecado de disentir pacíficamente.

En esos momentos no faltaron los “intelectuales” que se vendieron al servicio de quienes se arroparon con la bandera para viciar a la sociedad. Por ello es que a diario arengaban al populacho a defender sus “derechos” en contra de los invasores; cuando los invasores estaban en palacio.

A través del tiempo han sido muchos los grupos gobernantes que han abusado del Estado para arrear el rebaño hacia sus fincas y sus corrales. Tristemente, ello ha ido creando una sociedad propensa a la manipulación. Una sociedad que ha perdido el instinto del toro salvaje que no se deja poner herrajes.

La nación realmente poderosa es aquella en la cual los ciudadanos, a título individual, son autodeterminantes y no simples peones que mueve un mal ajedrecista. Debemos estar conscientes de que el país sano es el país de la libertad individual; ya que no existe libertad colectiva sin la individual. No se puede ser colectivamente libre siendo individualmente esclavo.

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