PSICOLOGÍA SOCIAL

La corrupción y el error de atribución: Miguel A. Erroz

La corrupción y el error de atribución: Miguel A. Erroz La corrupción y el error de atribución: Miguel A. Erroz
La corrupción y el error de atribución: Miguel A. Erroz

¿Por qué es que algunos funcionarios actúan previsiblemente de forma corrupta en ciertas naciones y no así en otras? ¿Cómo logran ejercer su autoridad con inmoralidad y luego, en casa, mostrar signos de bondad? ¿Por qué un reputado nazi, Oskar Schindler, arriesgó su vida para salvar a más de mil judíos? Lo habitual es buscar la respuesta en lo interno de la persona. Sin embargo, según la psicología social, cuando se trata de explicar el comportamiento, lo que realmente se pregunta es: ¿Actuó así por su personalidad o debido a la situación?

El renombrado psicólogo Fritz-Heider fue el primero en explorar este tema, conocido como la “teoría de la atribución”. Esta sugiere que se puede explicar el comportamiento de alguien, al considerar sus disposiciones internas (rasgos estables y duraderos) y la situación. Suena simple, pero puede ser difícil discernir correctamente si la acción de alguien se debe a disposiciones internas y/o a situaciones externas.

Digamos que en un festival, un nuevo miembro llamado Juan se muestra apartado la noche entera. De su comportamiento se deduce que no es sociable. Pero puede ser que, al contrario, él sea el alma de la fiesta, excepto que esa noche sufría una terrible migraña. Esta es una explicación situacional (y discernirlo requiere información a veces invisible).

Al momento de atribuirle la conducta de otros a algo, es común hacer hincapié en la personalidad del protagonista y menospreciar el peso de su situación. Esta predisposición se conoce como el “error fundamental de la atribución”, y fue descubierto, en 1967, por los psicólogos Jones y Harris. En su experimento, los sujetos debían leer un ensayo estudiantil sobre la Cuba de Fidel Castro y luego catalogar la actitud de su autor. Los que leían el escrito que hablaba bien de Castro, naturalmente, calificaban a su autor como pro-Castro, y viceversa. Lo inesperado fue que aun cuando se daba a conocer que la posición reflejada en el ensayo había sido fijada por un profesor, y no era necesariamente la posición del autor, los sujetos seguían catalogando al autor basado en la postura del escrito. Es decir, ignoraban su circunstancia.

Errores de atribución, aunque comunes, no suelen ser un problema grave durante un festival, pero sí cuando veredictos errados dirigen a soluciones ineficaces. Cada día somos afectados por las acciones de otros y lo que decidimos considerar sobre su raíz tiene repercusiones profundas, incluso afectan nuestras propias acciones. Por ejemplo, lo que uno atribuye la causa de la pobreza, sea a disposiciones personales, como la pereza, o a circunstancias situacionales, como la falta de buena alimentación y educación, afecta la política que se apoyará.

Un ejemplo del poder de la situación es el experimento de la cárcel de Stanford. En este, el profesor de psicología Philip Zimbardo colocó a 24 estudiantes voluntarios en dos grupos al azar, mitad como prisioneros y mitad como guardias. Zimbardo quería analizar cómo las personas se adaptaban a sus roles. El encuentro pronto se tornó cruel y deshumanizador. Los que asumieron el papel de guardias actuaban de manera despiadada y abusiva, “para guardar orden”. Los que hacían el rol de prisioneros rápidamente perdieron su identidad, como si merecieran ese destino.

Los excesos fueron tan pronunciados que el experimento finalizó prematuramente, tras solo seis días. Alejados de la prisión, los participantes retornaron a la normalidad. Todos esos comportamientos eran situacionales, lo que refuerza la importancia de apreciar que la arquitectura de una situación puede, con facilidad, superar la personalidad de muchos.

Políticos y activistas, a menudo usan este conocimiento en ventaja propia, persuadiendo de múltiples maneras. Estudios han demostrado que es inusual analizar una situación, mucho menos todas. En su lugar, las personas se guían por su instinto visceral. Esto facilita influenciarlas con señales falsas y cuentos simplistas, como cuando se le echa la culpa del problema a oponentes por “corruptos y sin integridad”, con el resultado de remover de nuestra conciencia la necesidad de entender y corregir la situación (por ejemplo, la codiciada pero corrosiva concentración de poder).

Sin embargo, no toda persona sucumbe a la situación. Algunos resisten, incluso cuando las presiones inducidas y la disonancia cognitiva los empujan a amoldarse al grupo. Unos hasta arriesgan su vida, como quienes refugian a víctimas durante genocidios. Pero estos individuos tienden a estar en la minoría, por ende, la circunstancia importa.

Calificar la situación no es fácil o intuitivo. Así vemos que se aplaude la noción de que la causa de la corrupción rampante está en personas y grupos “corruptos”, por lo que la solución es cambiarlos por otro grupo (el suyo). Ver la causa completa requiere modificar esta actitud. Debemos considerar la situación, incluyendo los conflictos de intereses tejidos en nuestras leyes y Constitución.

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