SOCIEDAD

Las cosas por su nombre: Oreste Del Río Sandoval

Días atrás, circuló en las redes sociales una foto tomada en el Aeropuerto Internacional El Dorado, de la ciudad de Bogotá. La imagen mostraba un cartel desplegado en una de las salas, que aparenta ser la del arribo de pasajeros. El letrero pedía a los viajeros a evitar la entrada del “mal de Panamá”. Advirtiendo más abajo que este mal podía acabar con los cultivos de banano.

Mi primera reacción fue investigar a qué se refería el mal de Panamá. Se trata de una enfermedad que es provocada por un hongo –el Fusarium oxysporum–, que ataca las raíces del banano y ofrece una muy alta resistencia a los pesticidas.

Según registros de la época, el origen de su denominación, acuñada en la última década del siglo XIX remite a la ubicación de los primeros reportes de esa enfermedad en territorio americano, por el año 1890. Sin embargo, la información disponible sugiere que su origen es asiático, y lo que es más, la actual mutación que amenaza los cultivos, aún no se ha encontrado en suelo panameño, y ni siquiera americano.

Por supuesto, rápidamente los medios, y especialmente las redes sociales se hicieron eco del tema, y pudimos ver algunas manifestaciones de incomodidad y dolor por el cartel, que rozaban el peor de los chauvinismos.

Sin ánimo de querer profundizar la polémica, me permito, sí, sugerir que podamos empezar a llamar las cosas por su nombre. Si bien los apelativos del tipo “mal de Panamá” no guardan el mismo tipo de connotación, asocié este episodio con las diferentes formas de llamar a otra enfermedad que sí ataca a los humanos, en diferentes partes del mundo: me refiero a la sífilis. Esta infección crónica se conoce con variantes referidas a lugares geográficos desde donde se supone provenía la dolencia. Así, en Francia se la conoció como “mal de Nápoles”, en Portugal como “mal español”, en Rusia como “enfermedad polaca”, o en Turquía como “enfermedad cristiana”. En cierta forma, y sin quererlo a veces, se carga sobre un país, una nacionalidad o un grupo étnico o religioso la responsabilidad por un daño causado a una población o territorio.

En menor escala, la simplificación en la adjudicación de nombres se extiende también a nuestra vida cotidiana, y a través del lenguaje perpetuamos calificativos discriminatorios o insultantes para la otra persona. El uso de términos como “mongólico”, “lisiado”, “retrasado”, ha sido modificado, no con un propósito de corrección política innecesaria, sino como forma de integrar a personas que mantienen una condición especial que los diferencia del resto. Al igual que hemos cambiado esos despreciables términos por otros que incluyen, sería bueno modificar la denominación de “mal de Panamá”, sobre todo en comunicaciones oficiales, y utilizar el correcto apelativo, el nombre real del hongo Fusarium oxysporum, y no su cruel apodo.

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