GOBIERNO

Cuando se pierde la credibilidad: Carlos David Abadía Abad

Uno de los principales atributos que debe mantener un ser humano, sea profesional o político, así como un Gobierno, institución o empresa es su credibilidad. Primero, porque es la carta de presentación de su honestidad en todo el sentido de la palabra y si la pierde, deja de gozar de la confianza de los otros. En ocasiones recuperarla es muy difícil y hasta resulta imposible.

Doy dos ejemplos de esto, uno positivo y otro negativo; el positivo es que la administración del Canal de Panamá goza de un alto grado de credibilidad porque sus actuaciones han sido transparentes; el negativo fue que durante la dictadura militar, el diario La Estrella, perdió toda credibilidad por su parcialización con los militares. Los dueños originales de nuestra decana del periodismo (uno de los tres periódicos más antiguos de Latinoamérica) tuvieron que venderlo. Los nuevos propietarios llevan años tratando de recuperar la confianza de los lectores y, después de más de un lustro, han podido retomar el sitial que tuvieron hasta mediados de la década de 1970, pero a un alto costo económico.

Hoy, la administración pública ha perdido toda su credibilidad. Esto no se debe exclusivamente a las actuaciones del actual Gobierno, aunque algunos de sus errores políticos profundizaron este peligroso fenómeno, sin embargo, fueron las actuaciones de los gobernantes anteriores las que crearon la desconfianza en los políticos.

Cuando se deja de confiar en un profesional o una empresa, la afectación es de tipo particular, sin embargo, en el caso de un político, sin importar el rol que desempeña en el engranaje gubernamental, desde Presidente hasta representante (electos), y desde ministros hasta directores de un departamento (nombrados en puestos ejecutivos) la afección es comunitaria. Esto es peligroso, porque se desconfía incluso de las instituciones que ellos representan. Por eso es que nadie cree en la labor de la Asamblea Nacional ni en los partidos políticos, y esto afecta nuestra democracia fundamentada en ambas instituciones. Hoy ese descrédito de los políticos y las instituciones ha dado paso a los “dictadores democráticos” que han surgido en Suramérica, que se basan en las leyes democráticas para llegar al poder; después se aprovechan del hastío de la población para cerrar esas instituciones y revivirlas a su conveniencia.

Hoy tenemos una crisis en Panamá porque la credibilidad está en su nivel más bajo. Quienes le señalan a los actuales gobernantes sus errores, con toda razón, no tienen eco en el resto de la población, porque ellos en su momento hicieron lo mismo. He aquí el peligro de nuestra democracia, ¡no tenemos una clase política confiable!

El transfuguismo experimentado durante este periodo presidencial, también se observó en los anteriores; es verdad que esta vez ha sido más descarado, pero quienes hoy lo critican, lo aplaudieron en su momento; las rechazadas partidas circuitales también se han repartido en todos los gobiernos –exceptuando el de Guillermo Endara– y nadie dijo nada; igual presión se ejerció sobre los medios de comunicación social; así como la injerencia del Ejecutivo sobre los diputados. Podría seguir enumerando una serie de hechos que protagonizaron los que hoy son de la “oposición”, pero lo que quiero recalcar es que ellos cometieron los mismos errores.

El punto es que la suma de todas estas acciones nos ha llevado a desconfiar de los partidos políticos porque tienen cero credibilidad, nadie confía en ellos. Nuestra única esperanza es que surja algún candidato cuya trayectoria hable por él y se gane la confianza ciudadana para que transforme nuestro andar político, por el camino democrático, no por la vía de las “dictaduras democráticas” del sur del continente.

Los políticos de partidos han abusado del poder e ignoraron la transparencia; esto los descalifica por completo. Queremos una Asamblea Nacional que fiscalice, promueva leyes, controle al Ejecutivo y cuyos miembros no se vendan a cambio de las partidas circuitales, porque esto impide su independencia; queremos tener a un contralor y a un procurador independientes, y que se exija la rendición de cuentas, porque al final todos los gobernantes no son más que nuestros empleados.

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