CRÍTICAS AL GOBIERNO

¿De quién es la culpa...?: César A. Tribaldos G.

Durante las últimas semanas hemos escuchado una cuña en casi todos los medios de comunicación social, en la que se acusa a esos medios de ser los culpables de las malas noticias que le causan daño al país y a la imagen del Presidente de la República, olvidándose el autor y financista de esa millonaria campaña que los medios redactan esas noticias a partir de hechos comprobables que se registran en el país, y luego los transmiten o divulgan.

La buena o mala imagen no se compra. Es a través de actos que se gana la credibilidad y el reconocimiento de la población, y aunque se gasten 10 millones, 20 millones o 45 millones de dólares tratando de vender un producto que no llena las expectativas, es por gusto, nadie lo va a comprar. Eso es algo básico en mercadeo y un empresario o comerciante exitoso debería saberlo.

Además, aunque se acuda ante 1, 5 o 13 notarios y, frente a todos los medios de comunicación, para decirle al público consumidor que su producto es bueno y que, de consumirse, no hará el daño que se comenta o sospecha puede causar, nadie lo creerá porque en muchas otras promesas no se cumplió.

La razón por la que se compró, masivamente, el producto original era porque se prometía que de comprarlo haría los cambios que el consumidor esperaba; como acabar con la corrupción y con aquellos que salían millonarios, a pesar de entrar limpios; que no se permitiría una sala quinta, porque le daría demasiado poder al presidente; que era necesario salirse del Parlacen para eliminar la impunidad; que se acabaría con la persecución político administrativa, se mejoraría la seguridad ciudadana, se bajaría el costo de la vida y se eliminaría a los mercaderes, oportunistas y políticos corruptos que antes utilizaban su cercanía al poder para beneficio propio.

Se ha perdido la credibilidad en el producto; los consumidores están decepcionados porque no ha llenado la mayoría de las expectativas prometidas. Para que un producto se venda, tiene que cumplir o sobrepasar todas las promesas realizadas. Una vez se perciba que no llena las expectativas, los consumidores, poco a poco, lo dejarán de comprar, a pesar de la más agresiva campaña publicitaria que se haga para tratar de vender las otras bondades que ofrece. El consumidor deja de creer y comprará aquel producto que cumple sus promesas, aunque el producto malo amenace con sacarlo del mercado a través de actuaciones ilegítimas, típicas de la competencia desleal.

Se puede impedir que otros productos competidores salgan al mercado, para tratar de imponerle al consumidor “su verdad”. Sin embargo, sabemos que el consumidor solo comprará el producto que llene todas sus expectativas, en este caso, que cumpla con las promesas que han de garantizar el fortalecimiento del sistema democrático, el imperio de una justicia independiente y el respeto a todas las libertades por las que muchos panameños lucharon. Máxime, cuando existe la experiencia anterior de otro producto similar –hoy depositado en un área restringida–, que trató de imponerse a la fuerza, por lo que fue rechazado por más del 70% de los consumidores en las elecciones de 1989, a pesar de mantener cerrados los medios de comunicación independientes.

Señor publicista, dígale a su cliente que haga las mejoras que espera el consumidor, porque a pesar de echarle la culpa al mensajero, el problema está en el producto.

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