TRÁNSITO

¿Quién es culpable del caos en las calles?: Yohel Amat V.

La ciudadanía está a punto de explotar. Prueba de ello son los numerosos incidentes en los que, por el simple hecho de impedir que un conductor entre en el carril de otro, por ejemplo, ello causa que ambos se agarren a golpes en plena vía pública.

Solo hay que conducir un vehículo en cualquier calle o avenida de nuestra congestionada urbe capitalina, para encontrar tranques, manejo desordenado por parte de transportistas y particulares; falta de estacionamientos; ausencia notoria de policías de tránsito; inoperancia del transporte público, tanto oficial como pirata; obstrucción del libre tránsito por los taxistas que recogen pasajeros en donde sea y cuando sea, sin que les importe que detrás de ellos haya una fila interminable de autos sonando el claxon.

Ahora, no nos llamemos a engaño, pues problemas por el estilo son comunes en muchas grandes ciudades en todo el mundo. Pero, es así en urbes de muchos millones de habitantes, en las que la población de Panamá cabría sin ningún problema en solo uno de sus barrios.

Si apelamos a aquello de que “mal de muchos, consuelo de tontos”, entonces no lo seamos, y enfrentemos la realidad. Estamos pagando un alto precio en estrés, accidentes, muertes y horas perdidas, que le cuestan millones de dólares, tanto al gobierno como a la empresa privada, por pecados de acción y de omisión.

Todos somos culpables, porque todos recurrimos al “juega vivo” para violar, a diario y alegremente, el Reglamento de Tránsito. También, este y los anteriores gobiernos tienen una gran cuota de culpa, al no ponerle el cascabel al gato para asegurarse, de una vez por todas, de que los panameños tengamos un transporte público digno, puntual, eficiente y cómodo, con lo que nos ahorraríamos muchos dolores de cabeza al reducir la cantidad de automóviles en las calles.

La Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre tampoco ha dado la talla y tiene mucha responsabilidad, por incumplir su labor, que no debería limitarse a poner policías de tránsito en puntos estratégicos, a repartir todas las multas que puedan.

Con pesar, vemos que las viejas prácticas reaparecen y se vuelven cotidianas, por ejemplo, buses tipo “diablos rojos” que circulan a toda velocidad, con los folclóricos “pavos” colgando a un costado, y gritando a todo pulmón la ruta que llevan. Y ni hablar de los ahora mal llamados “busitos pirata”, a los que les deberíamos llamar “corsarios”, ya que cuentan con patentes de corso para atacar a todo y a todos en las calles, en su búsqueda desenfrenada del próximo pasajero.

¿Nos merecemos todo esto? ¡Por supuesto que sí!, por no tener la valentía de decir “¡basta!”, ni exigirle a las autoridades que cumplan con su trabajo, y porque nosotros tampoco cooperamos con el orden en el manejo, para así mitigar el caos de cada día.

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