REFLEXIÓN

La cultura afropanameña, un espejo roto: Dicky Reynolds O’Riley

La historia del negro panameño o el “afropanameño”, para no herir susceptibilidades, es tan sui géneris y compleja que hemos tenido que inventarla a punta de retazos de mitos, leyendas y mentiras, para no invisibilizarnos. Una especie de “espejo roto” que intentamos reparar para que refleje lo que somos o, más bien, lo que fuimos, cuando nuestros antepasados llegaron al istmo como “fuerza laboral”, pero sin un norte claro de su futuro.

En estos días se nos honra con una efeméride para que sirva como desagravio tras los siglos de tortura y esclavitud, que aún tienen vigencia en la mente de algunas personas (en ambos roles). Prueba de nuestra desintegración cultural se observa cuando nos vestimos con ropajes de estridente colorido, cuya procedencia muchos desconocen.

El negro es más que platillos como el saous, pati o plantitat, y más que las hazañas deportivas de Panamá Al Brown o de Irving Saladino. La cultura dominante nos ha encasillado en estos estereotipos, obviando que muchos somos profesionales, científicos, concertistas y que nos dedicamos a actividades diversas, no solo en materia de entretenimiento.

Nadie supo, ni le interesó escribir que en la devastada África de otrora, cuando los barcos negreros fondeaban en busca de mercaderías humanas, a la que cazaban como animales, había reyes y reinas y hasta dioses que pretendieron reemplazar, para someter el espíritu del negro hasta el punto de obligarlos a asistir a los cultos y ceremonias del patrón. Ahora no faltará algún sermón en el que se diga que hay que perdonar todo ese escarnio y pasar la página, para la redención de los pecados de aquellos que nos esclavizaron, o que pensar en eso es muestra de un silvestre y atávico resentimiento que no ayuda en nada a restañar las heridas.

El Día de la Etnia Negra simboliza la carencia y tergiversación de elementos para identificarnos, como cultura. Poco se sabe de los personajes de esa historia no escrita, como Chepo, Bayano o Antón Mandinga. En cambio se resaltan elementos que humillan a nuestra gente, para mantenernos en la alienación y marginación.

Nos han negado la participación en la formación del ser panameño, obviando, por ejemplo, que el tamborito, el combustible que genera la música panameña, tiene como componente la cadencia del baile que niega la intromisión de este grupo en el desarrollo, y que lo que se llama “saloma” en las campiñas interioranas, no es más que una comunicación gutural que practican algunas tribus en África, y que nadie explica cómo llegó a formar parte de la rutina y timbre de orgullo del hombre del campo. Como vemos, se instauró una fecha para contentarnos, aunque persiste la negación étnica, los complejos, los perjuicios y la autodiscriminación entre nosotros, por las tonalidades de nuestra piel.

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