IRRESPETO

´Me das asco´: Ramón A. Mendoza C.

Desde hace unos días vemos en las calles de la ciudad un llamativo anuncio destinado a promover la cultura de limpieza de los habitantes, con el lema: me das asco. Cierto, botar basura en la calle es un acto que da asco, pero hay otras actitudes que no ensucian y, también, dan asco. Un asco que no se resiente en el estómago, que ni siquiera se percibe con el resto de los sentidos comunes, es el asco moral.

En política, la calidad moral ha sido una cualidad que históricamente se ha exigido y esperado de los gobernantes. Confucio, Sócrates, Platón, Aristóteles, San Agustín, Montesquieu y otros tantos pensadores políticos han coincidido en que los gobernantes deben tener una gran calidad moral; es la garantía de que ese poder que se les ha confiado sea manejado en beneficio de aquellos que lo concedieron, es base fundamental de la paz social. Tal exigencia se ha convertido solo en algo ideal, pues los políticos y gobernantes han entendido y solo entienden que son dueños de un poder, que son irresponsables ante sus electores y gobernados, así, gobernar se ha convertido en una actividad huérfana de restricciones morales o éticas, donde el fin justifica los medios, gobernar se ha convertido en una forma de negocio, en una actividad particular sin atender ni entender que los gobernantes son funcionarios públicos escogidos para servir al pueblo, solo eso.

Es bochornoso ver cómo diputados escogidos dentro de una organización política, con identificación ideológica o por lo menos programática cambian de “toldas” sin mostrar empacho ni el menor remordimiento personal, racionalizando y justificando tal actitud bajo la excusa de procurar un beneficio para sus electores. Es grave tal comportamiento, no solo desde la perspectiva moral, sino desde la perspectiva política, pues refleja una ausencia de principios ideológicos y un total irrespeto al votante, y obviamente a la organización política que de una forma u otra le cobijó y realizó esfuerzos para llevarlos al triunfo electoral confiado en que ese miembro era fiel a la organización y a su ideología. Tal tipo de comportamientos exponen la amoralidad de la clase política.

Esa descomposición socava la institucionalidad de la democracia como sistema de gobierno, pues al sobreponer los intereses personales a los intereses de los gobernados, estos elegidos muestran una peligrosa veleidad ensopada en una carencia de principios que conllevan a una degeneración subjetiva pues, por carecer de principios, se convierten en marionetas de los ofrecimientos que más beneficios les proporcionen, son una especie de mercenarios en los que ni los partidos ni los votantes pueden ni deben confiar. Históricamente los hombres y mujeres de principios han engrandecido las naciones, individuos que han demostrado un talante y consistencia moral de tal temple que no cejan ante riquezas ni honores, hombres y mujeres de una estirpe y altura moral que si tuvieran la desgracia de ver este panorama dirían a todo pulmón: dan asco.

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