PARTICIPACIÓN POLÍTICA

La democracia como ficción: Francisco Díaz Montilla

La democracia, el gobierno del pueblo, es una de las ficciones políticas modernas más influyentes. Ya Jean Rousseau manifestaba que “un gobierno tan perfecto no es propio de hombres”. De hecho, en virtud del teorema de Arrow, tampoco lo sería de dioses.

Pese a ello, el sustantivo “democracia” y el adjetivo “democrático” remiten a estados sin los que no podemos concebirnos, aunque ello es más producto de propaganda que de razonamiento; la democracia promete mucho y es poco lo que realiza.

Tal vez por eso, el genio de Jorge Luis Borges llegó a decir que esta es “... un abuso de la estadística”, al tiempo que se preguntaba “¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política?”, a lo que respondía en los siguientes términos: “La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas, que por lo general son los políticos nacionales”. Mientras que E. Hubbart, decía: “La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del Parlamento [Asamblea] no puede ser más incompetente que aquellos que le han votado” y para G. B. Shaw este sistema “... sustituye el nombramiento hecho por una minoría corrompida, por la elección hecha merced a una mayoría incompetente”.

La democracia es un espectáculo que se realiza cada cierto tiempo y, aunque es una tomadura de pelo, el pueblo –su gran artífice– no puede sustraerse de ella: está en juego su futuro (las prebendas, el nombramiento, la bolsa de comida). Sheldon Wolin lo describe gráficamente: “Y hay, por supuesto, el momento culminante de las elecciones nacionales, cuando la atención de la nación está obligada a hacer una elección de personalidades más que entre alternativas.

Lo que está ausente es la política, el compromiso de encontrar donde se encuentra el bien común en medio de la confusión de los financieros y los altamente organizados... con un solo propósito, los intereses de poder buscan rabiosamente a los favores gubernamentales... y la administración pública por un mar de dinero”.

Se entiende por qué esas personalidades insisten en que hay que preservar la democracia; y por qué lo contrario a ella resulta sospechoso e inaceptable. La democracia en peligro debe ser defendida, impuesta, pues no admite alternativas: es la democracia totalitaria de la mayoría, aunque ejercida por minoría.

Por eso no es extraño que nuestros sistemas políticos sean proclives a eso que Wolin llama totalitarismo invertido, teniendo como resultado que “la ciudadanía, o lo que queda de ella, se practica en medio de un perpetuo estado de preocupación” y que terminen –los ciudadanos– sometiéndose, pues como señalaba Thomas Hobbes “cuando los ciudadanos se sienten inseguros y al mismo tiempo impulsados por aspiraciones competitivas, anhelan estabilidad política más que compromiso cívico; protección más que participación política”.

De eso se trata, de creer que participar políticamente es como avistar un cometa y de que lo demás corre por cuenta de los gobiernos y de los partidos políticos y de sus candidatos. Lo que usted como ciudadano tenga que decir no cuenta porque otro lo ha dicho y otros han decidido cuáles son sus alternativas.

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