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EL MALCONTENTO

La carta democrática empresarial: Paco Gómez Nadal

En las relaciones internacionales nunca prima la ética o la lógica, sino el interés. Nos lo demuestra la historia a poco que prestemos atención y lo confirma la actualidad, si leemos entre líneas las noticias fabricadas en las oficinas de comunicación oficial. Tradicionalmente, eran los gobiernos del “Norte” los que mostraban escaso pudor a la hora de relacionarse con presidentes o gobiernos autocráticos, dictatoriales o corruptos si estos se plegaban a sus intereses. Lo fue así con los regímenes dictatoriales del Cono Sur o de Centroamérica, lo sigue siendo así ahora en Oriente, donde el mismo presidente que era un “buen amigo” puede convertirse en un nanosegundo en “sanguinario y ladrón”.

Esa diplomacia internacional, hipócrita e interesada, cada día está más al servicio del poder real, el económico, el de las grandes empresas multinacionales que utilizan las embajadas de sus países de origen como oficinas comerciales y lobistas que presionan y ajustan contratos.

En estos días veía las fotos de unos sonrientes Ricardo Martinelli y Esther Alcócer Koplowitz en la inauguración del llamado corredor central, en vía Brasil. Y reconozco que me causó estupor comprobar como esta chica, heredera del imperio de la constructora española FCC y de dos apellidos turbulentos de la élite económica más torticera de ese país, posaba junto a un Presidente que no pasaría la prueba más sencilla sobre democracia o derechos humanos. Ella lo hace todo por plata, como parece ser el lema del momento. FCC, una vez sangrada la península ibérica con una burbuja de la construcción delincuencial y que jamás será juzgada, se ha lanzado a los “países en desarrollo”, como gustan llamar a los lugares donde pueden aprovechar una institucionalidad débil y una legalidad laxa, para engrosar sus cuentas de resultados. Panamá es tierra fértil para aventureros de dudosa enjundia moral, como lo podría atestiguar Vasco Núñez de Balboa si levantara la cabeza y como están comprobando algunas de las constructoras más importantes del nuevo imperio carioca y del viejo imperio hispano.

FCC saldrá este año 2013 de Panamá con unos 850 millones de dólares, convirtiéndose así en la segunda constructora preferida por los gobernantes de Panamá, después de la brasileña que regala vírgenes a pueblos necesitados de referentes de piedra.

Ni FCC ni ninguna de las empresas que están beneficiándose del milagro Martinelli se hacen preguntas sobre cómo funciona el país o sobre la herencia perversa de esta política de apariencias de gobierno de los empresarios. “Nosotros solo hacemos nuestro trabajo”, suelen responder cuando alguien plantea dudas morales. Lo mismo decían los economistas liderados por Milton Friedman en el Chile de Pinochet; lo mismo repiten aquellos que suelen declararse apolíticos solo para eludir sus responsabilidades humanas.

Si la Responsabilidad Social Empresarial existiera realmente –a estas alturas, sabemos que es una farsa–, todas estas multinacionales deberían firmar una Carta Democrática, que los obligara a renunciar a trabajar en países de pobre respeto a los derechos humanos, civiles y políticos o donde haya serias dudas respecto a la justicia social. Al no hacerlo, buena parte de sus beneficios están manchados de sangre. Siempre ha sido así, es verdad: nadie le preguntaba a los benefactores en Europa sobre el origen de sus generosos donativos a la caridad provenientes de sus plantaciones con esclavos. Tampoco le preguntarán a la joven cachorra de empresaria Esther Alcócer Koplowitz de dónde saca la plata que luego distribuye en la fundación de su mamá desde la que practica la beneficencia.

Del otro lado, en un país donde la institucionalidad fuera algo más que una entrada en el diccionario, se pasaría a toda empresa que quisiera trabajar en el país por un riguroso examen sobre el respeto a los derechos de sus trabajadores o al medioambiente. Casi ninguna podría trabajar aquí.

Panamá se ha convertido en una feria de contratos que se rifan entre las empresas con menos problemas de digestión moral. Ahora, se irán inaugurando puentes, pasos, carreteras y metros varios. Algún día se sabrá de toda la inmundicia que duerme bajo tanto concreto.

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