EL MALCONTENTO

El derrotero de la locura y el travestismo: Paco Gómez Nadal

Insisto: el problema de Panamá no es de locura, sino de memoria. Los acontecimientos se suceden tan rápido que van archivando lo anterior y hacen olvidar quién es quién, quién dijo qué, y quién ha hecho qué.

Si se hiciera un ejercicio complejo de relacionar algunos hechos de los últimos dos o tres años nos llevaríamos sorpresas. Algunos de ellos, por hacer un recuento rápido, serían: la irrupción de David Murcia y su lacayo Chong; el acuerdo “personal” Martinelli-Varela forzado en la oficina del procónsul de Clayton; la detención en México de Ramón Martinelli y su relación con Cambio Democrático así con la ministra Alma Cortés; la exitosa campaña mediática para poner a Bosco en la Alcaldía; los contratos y los contratistas de los proyectos emblema de la Presidencia y de la Alcaldía; la efectiva campaña de hostigamiento a medios de comunicación, sindicatos y líderes sociales; el regreso de los “milicos” al control de la Policía y el rearme de Senafront; los contratos de armamento, las bases aeronavales y los acuerdos bajo mesa con Estados Unidos; los ataques “fiscales” a personajes molestos; las relaciones peligrosas del Gobierno con la mafia italiana; la bronca de Martinelli con parte de su clase social...

El sancocho es de espanto porque dibuja un derrotero muy peligroso. A los agoreros que hablábamos de la tendencia autoritaria desde los primeros días del Gobierno, por desgracia, nos tendrán que dar la razón. Así empieza todo... y termina muy mal. De momento, Martinelli está peleando con los suyos, los de su estirpe, con aquellos que le quitan parte del negocio o que no quieren aceptar las nuevas reglas del juego “mafiocrático”; pero la violencia “oficial” seguirá bajando. Es cierto que ya la sintieron los sectores indígenas y populares que osaron desafiar las iniciativas gubernamentales. De momento, el grado de violencia aplicado (los muertos de Changuinola, las campañas de difamación, etcétera) y el pele police real y metafórico aplicado a toda la población han logrado contener las protestas. Pero éstas se desbordarán y, ahí, Martinelli y sus secuaces no dudarán en estrenar los juguetes con los que han dotado a esa Policía Nacional dirigida por un agente de la dictadura que archiva las denuncias sobre corrupción a la misma velocidad que se consolida como uno de los poderes fácticos del país a modo del viejo ejército. Este nuevo paisaje “político” no deja lazo suelto, por lo que yo dudo de la locura presidencial. Puede ser demente, pero no hay locura en el plan. Ni siquiera en la peripatética puesta en escena de Hosanna y la invocación a los “fariseos” (ya no hay opositores ni antipatriotas, ahora somos fariseos). Martinelli nunca será Perón, pero va preparando el terreno por si el divorcio con la Iglesia católica se produce y necesita bases sociales cegadas por la religión un poco más sumisas (y nada más indolente que los seguidores del pastor Álvarez).

Si no hay locura (aunque sí demencia democrática) en Martinelli, lo que sí es evidente es el travestismo de Juan Carlos Varela y los suyos. Es difícil seguirles el paso. Enemigos del millonario en el inicio de la campaña electoral; amantes fieles y silencioso del señor Presidente una vez tomadas las instituciones, ahora paladines de la defensa de la institucionalidad y la democracia coincidiendo, eso sí, con la destitución “twitera” de Varela y la cascada de desempleo panameñista que le siguió.

Pero Varela tiene algo a su favor al igual que Martinelli: la desmemoria del pueblo y los medios. Ahora puede aparecer como ofendido demócrata, igual que Bosco puede llorar por las esquinas y pedir solidaridad, del mismo modo que Martinelli puede hablar como si viviera en Milla 8 en lugar de en su mansión.

La amnesia nos acaba como sociedad y la memoria nos destroza como individuos. No sé, por ejemplo, qué estarán sintiendo las víctimas de los torturadores latinoamericanos al escuchar que una nueva Academia de las Américas, camuflada esta vez de escuelita antinarcóticos, va a funcionar en la base de Howard... ¿Será que las historia es así de canalla o que los ciudadanos nos la dejamos montar una y otra vez? Igual el loco soy yo y todo esto es fruto de mi ceguera ñangarosa... vaya usted a saber.

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