EL MALCONTENTO

Las desconexiones: Paco Gómez Nadal

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Los mensajes permean en la indolente conciencia colectiva que usted y yo alimentamos. Nos dicen, por ejemplo, que es normal que haya nepotismo porque Panamá es un país pequeño. En la foto aparece el primo de fulanito junto al hermano de menganito y todos son parte de la rosca de Gobierno, Asamblea y demás instituciones variopintas. Es mentira, en Panamá hay personas cualificadas de sobra para que sean otros los apellidos, otros los estilos y las formas. Pero los primos que llevan rentando el país desde que este se llamó república no van a dejar espacios a los nadie, a los que nunca entraron al Club Unión por la puerta principal, a los que no han ido al norte a estudiar para aprender cómo saquear en el sur.

Nos dicen que el problema son los extranjeros, personajes oscuros que solo llegan para robarnos y estafarnos. Se trata de una manera nada sutil, pero muy efectiva, de desconectarnos las neuronas, de hacernos olvidar que antes del pasaporte está la piel, que antes de las banderas están las almas, que mucho antes de los acentos están las actitudes. Pero el mensaje cala y llegamos a defender con vehemencia a los compatriotas canallas que explotan, para enriquecerse y seguir ampliando sus ansiones, al trabajador o la trabajadora migrante que trata de subsistir en las sucias calles de los barrios de abajo.

Nos dicen que exigir justicia social, igualdad o un trato igualitario en los tribunales es de ñángaras, de seres pérfidos que deberían ser desterrados todos a Cuba antes de presionar el botón de “hundir” y ahogarlos en el sueño erótico de los reaccionarios.

La desconexión crece. Ya no sabemos quiénes somos. Nos dicen que la tierra es para exprimirla, que esos indígenas que van abrazando árboles o que creen que los ríos son autopistas de vida a las que cuidar son primitivos, poco científicos, nada necesarios para el progreso y desarrollo del país-centro comercial. Y nos lo creemos, y valoramos más un puente que un tronco, un aeropuerto que un bosque, un edificio de vidrio y acero que un tambo clavado en la tierra que nos nutre.

Aturdidos... los mensajes nos dejan aturdidos. Y es mejor creérselos antes que nadar contra corriente. Es mejor seguir a la masa que amasar nuestro propio criterio. Es preferible vivir adormecidos que despertar y tener que mover ficha.

Nos dicen, a nosotros los cazadores, que las mujeres son un poco tontas, poco hábiles para tareas complejas, demasiado sensibles. Su única posibilidad de supervivencia es depender de un macho que las alimente, que las deje embarazadas. Da igual que algunos las golpeen, da igual que las obliguen a tener sexo cuando no quieren. “Aguanta hija, él tiene muchas presiones pero en el fondo te quiere”. Y es verdad, te quiere como propiedad y tú te conformas con ser un bien mueble. Ser mujer desconectada es ser mujer función hombre, ser lo que el otro quiere que seas, sin intentar ser tú misma, sin arriesgar demasiado, jamás violenta, siempre contenta de tu sino. Pero los mensajes son para algo y las niñas siguen soñando con ser reinas de belleza y los niños anhelan una mala película porno, y carros, y velocidad, y se ahogan en unas emociones fuertes tan flojas que no pasan del prostíbulo del vecindario.

Nos desconectan de quienes podríamos ser y nos obligan a ser quienes somos: parte del coro que aplaude la destrucción de la vida, trabajadores asalariados semiesclavizados con permiso para gastar lo poco que nos pagan en las tiendas de los primos de nuestros patrones.

Y los mensajes siguen trabajando. Y los que los fabrican, también. Y entonces le dicen a usted que yo soy un pesimista y un ñángara y un amargado. Y usted entra al foro. Y me invita a escribir sobre mi país, a callarme la boca, a dejar a Panamá tranquila. Y entonces me miro al espejo y solo veo a un hombre confundido, sin pasaporte, sin certezas, solo a un hombre optimista, que cree en nuestra especie y su capacidad creativa. Que, desde bien tempranito en la mañana, anima a la revuelta; que se acuesta soñando que todos hemos abierto los ojos y nos hemos dado cuenta de que los nadie, los arrancados de la tierra somos más, y que podemos definir nuestra vida y borrar las fronteras físicas y mentales con las que encierran nuestro pensamiento crítico. Conectarse duele un poco al principio. Al rato, uno le toma el gusto a la sensación y entonces ya no hay vuelta atrás, ni países, ni límites, ni mentiras, ni sucios mensajes maniqueos, ni violencia, ni explotación... De vez en cuando aparecen el dolor o la tristeza, pero eso... eso no es malo, eso es solo la vida, y la vida solo hay que vivirla para digerirla. Desconectado, sí; pero no ciego.

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