BÚSQUEMOS UN MEJOR PAÍS

¿Qué hay detrás de las pandillas?: Ricardo A. Tribaldos G.

En una tarde de noviembre de 2008, mi esposa y yo veíamos las noticias locales y fue frustrante porque todas eran de espanto. En unas se hablaba de tumbes de droga, asaltos, homicidios, presencia de sicarios, robos a mano armada y secuestros express; otras mostraban a madres, esposas e hijos llorando la muerte de seres queridos y pidiendo venganza. También se referían a pandilleros, narcotraficantes, decomisos de cientos de kilos de droga, etc. Era tal nuestra frustración, que cambiábamos de un canal a otro, pero todas las noticias era iguales.

Al finalizar los noticieros comentamos el tema y nos fuimos a dormir. Yo no pude conciliar el sueño por todo lo que acababa de ver. Pensé en mis hijas y nietos y decidí que debía hacer algo para dejarles un país con menos crímenes y problemas de pandillas y narcotráfico. Esa madrugada hice un pacto con Dios y me comprometí a lograrlo antes de que él me llame. Invité a un almuerzo a 15 amigos, sacerdotes católicos y pastores evangélicos, y todos llegaron. Entonces pensé: “Dios me escuchó y está entre nosotros”. Les expliqué la situación que ya muchos conocían y los invité a crear una fundación para enrumbar a los pandilleros por el camino de Jesús; todos asintieron. Para mí fue gratificante estar sentado en la mesa de conferencias, con católicos y evangélicos que opinaban y daban ideas para iniciar la tarea comprometida. Si mi mente no me falla, era la primera vez que se reunían miembros de ambas iglesias en Panamá para buscar una solución al problema. Fueron muchas horas y varias semanas de reuniones, de trabajo y esfuerzo, pero logramos concretar la Fundación Jesús Luz de Oportunidades (FJLO).

Lo primero que hicimos fue levantar un censo para conocer cuántas pandillas operaban en el país. En 2008 había 108, con un promedio de 20 jóvenes en cada una, es decir, aproximadamente 2 mil 16 pandilleros. Al principio pensé que el problema no era tan grave, que solo había que sacarlos del área, presentarles a Jesucristo y conseguirles un trabajo. Invitamos a empresarios, con intereses espirituales, para que formaran parte de la junta directiva, abrimos una cuenta corriente, contratamos al primer director ejecutivo de la FJLO y dimos inicio a la batalla. Nombramos a varios consejeros, a personas entregadas a Jesucristo, todos ellos expandilleros que viven en las áreas rojas de nuestra metrópoli y que conocen bien a todas las pandillas de sus áreas. Intervinimos en esas agrupaciones, nos reunimos con sus miembros y sus líderes. Nos metimos en la boca del lobo, en lugares en donde ni la policía lo hacía. Luego realizamos retiros espirituales, les dimos Biblias, bolsas de comida cada semana, becas, medicinas y ropa usada. Una de las cosas más importantes para ellos fue que los ayudamos a instalar negocios de autogestión, como churrerías, barberías, venta de chichas, de empanadas, etc. Todo esto con el compromiso de que bajaran la guardia y fueran al culto cada vez que los “Consejeros de la Luz” los llamaran.

Así fue como empezamos a entender el problema, escuchándolos, hablándoles, viendo cómo vivían, qué comían, por qué estaban metidos en ese túnel; preguntándoles si habían estudiado, si tenían padres, hermanos, cuántos tiros en su cuerpo, cuántos años de cárcel, cuánta sed de venganza, cómo los ayudaba el gobierno, el Ministerio de Desarrollo Social y la alcaldía.

En fin, aprendimos tanto que nos dimos cuenta de tres cosas fundamentales: Que el enemigo no es el pandillero, el enemigo es el hambre; que para solucionar un problema antes teníamos que entenderlo y conocerlo, y que si nosotros no vamos a los barrios, los barrios vendrán a nosotros.

A pesar de todo el esfuerzo, lamentablemente, a la fecha hay 251 pandillas con aproximadamente 7 mil 500 pandilleros, lo que aumenta el promedio a cerca de 30 por pandilla. Esta es una señal de que no estamos haciendo las cosas bien; ni el gobierno ni la sociedad civil ni nosotros, porque solo volteamos los ojos hacia otro lado, tratando de ocultar el sol con un dedo, lo que sabemos es imposible. Así ocurrió en Honduras, El Salvador, México, Brasil y muchos otros países de nuestra región, pues a nadie le importaba lo que le pasaba a esta gente. Siempre pensamos “no es mi problema, sino un asunto del gobierno”. Esto es un tremendo error. El problema es de todos. Mientras sigamos empeñados en construir más cárceles, tener más armas y decir “no es mi problema”, tendremos más muertos. De seguir así, se estima que en 2016 la cifra de pandillas aumentará a 900 y el número de miembros rondará los 18 mil. Ojalá no lleguemos a eso. De ser así, mejor será apagar la luz y escondernos en nuestras casas, bien encerrados y protegidos con guardias de seguridad y con puertas y ventanas selladas. Esto no sería justo para nuestro querido Panamá ni para nuestros hijos, nietos, familiares, amigos ni nuestros hermanos panameños y extranjeros. Sería el inicio de algo incontrolable que nos llevaría al despeñadero, a un lugar sin futuro, a una patria en estado de coma solo esperando el peor de los desenlaces que, estoy seguro, nadie quiere. Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Meternos debajo de la cama o sacar el pecho con el corazón henchido de Dios, ayudando a nuestro prójimo a solucionar su pobreza? ¡La decisión está en manos de cada uno de nosotros! Yo ya tomé la mía ¿y usted? Para mayor información llamar al 394-2535 o escribir a fundacion@jesusluzdeoportunidades.org.pa

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