REFLEXIÓN

Ser diferentes en el nuevo año: Dorindo Jayan Cortez

Las diferencias son las que nos hacen tan particulares al momento de pensar y actuar. Resulta que lo más característico en la historia de la humanidad han sido las diferencias manifiestas en cada apartado de la vida. No hay ni ha habido igualdad, salvo aquella que por su título sirve para identificar que ella, la igualdad, es la aspiración frente a una realidad, cotidiana y de siempre, contaminada de contrariedades en la forma y en el fondo de las cosas y los casos de la vida.

Las diferencias son –hay que reconocerlo– motor de esa misma historia. Desde el origen de la humanidad y en el transcurso de su devenir han sido clave para los impulsos de las más diversas transformaciones. El mismo génesis bíblico, con su origen del hombre, parte de una diferencia fundamental: varón y hembra indispensable para hacer posible la reproducción. Ni siguiera las religiones han podido distanciarse de las tan marcadas diferencias a la hora de evangelizar sobre la supremacía divina.

El marxismo, eje teórico del idealismo comunista, fue posible cuando aparecieron hombres, desde Marx en adelante, y aun antes con los utópicos, que pensaron diferente a la tradición respecto a cómo se percibía el mundo de la explotación del hombre por el hombre, y cuyo postulado envuelve en sí diferencias cruciales entre explotados y explotadores, entre ricos y pobres, entre dominados y dominantes. Hay una línea que los hace distintos, porque de tan semejantes distinciones se funda la racionalidad de su existencia, de su funcionalidad.

En otro ámbito, en el campo de lo político, la alardeada democracia está fundada en la desigualdad de los actores que son parte del pueblo. Unos eligen a otros que son electos; unos gobiernan y otros son gobernados; unos dirigen y otros son dirigidos. ¿Podría ser de otra manera? La historia, hasta ahora, confirma que aquella es la permanente realidad.

En el terreno de los sentimientos, para no dejar por fuera ese tan importante valor existencial, ese cosquilleo llamado amor, hay que decir que este se hace posible y presente cuando se concitan dos momentos tan diferentes entre el “no sentir nada por él o por ella”. De mostrarse ambos tan indiferentes, hasta el punto opuesto de ser invadidos por una extraña sensación que envuelve al “yo”, por la fuerza atractiva de la contraparte. Y cuando llega ese sentimiento, lo que lo amarra es el hecho de ser un sentimiento tan diferente a lo imaginado.

Lo que ocurre en realidad es que se amplía el espacio de la indecisión, de la inseguridad, de sentirse solo en vez de acompañado. Se quiere más y más, pero se siente menos y menos. El hecho de que cada cosa, cada proceso, tenga su contrapartida dice de lo determinante que hay en la diferencia: vida y muerte, subir y bajar, felicidad y amargura.

Por otra parte, ante los desafíos de las tantas diferencia que invaden nuestra cultura y actuar, como panameños, lo que debe ser distinto es la manera de responder a los desafíos de la vida. Ello como un experimento que nos permita superar el tradicional proceder que sigue ampliando las diferencias sociales entre los muy ricos y los muy humildes. Así, ser iguales entre los panameños sería una diferencia que marca lo distinto a lo de siempre, a la inmoralidad de la vida. Es uno de los deseos del nuevo año.

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