SOCIEDAD

Aunque digamos que somos libres...: Víctor Paz

¿Por qué el panameño no reacciona ante ciertos acontecimientos, que si bien lo superan, no le impiden quejarse? Pudiera ser por nuestra idiosincrasia, pasividad, falta de solidaridad, de identidad o por no sentirnos parte de la realidad política, etc. Sin embargo, con tantos campeones de boxeo, golpes de Estado y tras haber confrontado a la primera potencia del mundo, nos podrán decir lentos, pero no tontos ni tolerantes.

Nos hemos acostumbrado a vivir sometidos a las esferas de poder, que se mantienen gracias a nuestro trabajo, y vemos como algo normal que las autoridades se rebusquen y pregonen que “todos se rebuscan”. Por eso, prevalece el mecanismo poco ético de supervivencia individualista que mal llamamos “juega vivo”, que nos lleva a pelear las migajas que nos salpican los maleantes de alto perfil.

La corrupción parece haber hecho metástasis en la sociedad panameña, pero estamos en fase de negación, como si el daño no fuera tal. Esos parásitos viven de la miseria social y jamás la curarán, pues saben que una sociedad sana, orgullosa y preparada no admite políticos ni ciudadanos mediocres (concibe la corrupción como uno de los peores síntomas de la mediocridad y estupidez).

Hemos vivido tanto tiempo abusados por este tipo de personas, que ni siquiera podemos soñar con otra forma de trato. Asumimos, con la mayor naturalidad, que nos brinden una atención de salud propia de un campo de concentración, sin insumos y con médicos groseros. A la privada solo va el que puede, como si la buena salud fuera derecho del pudiente. Aceptamos formar filas de hambre, bajo el sol o la lluvia, porque “allí está la comida barata”. O, peor aun, muchos madrugan para ir a un trabajo mal remunerado.

Ahora nos contentan con becas paupérrimas, mochilas y computadoras. Los alumnos reciben más entrenamiento que educación, en salones de clases con daños permanentes. Para los altos estrategas las masas no deben aprender a pensar, solo a seguir instrucciones. Así el ciudadano crece, cuidándose de la inseguridad, y acepta que las autoridades son decorativas, y las leyes solo protegen al maleante.

Han sido tantas las generaciones inmersas en este círculo de sometimiento que, de un momento a otro, empezamos a confundir la libertad, y nos volvemos como mayorales o empleados de confianza de la corrupción. En fin, somos esclavos reciclados en la telaraña de “sálvese quien pueda” y el “juega vivo” a multiniveles.

Los políticos nos entregan miserias para que votemos por un sueño que ni siquiera nos atrevemos a soñar: el de la libertad. Sin embargo, esto no debe ser solo un sueño, hay que vivirla, sentirla, entenderla y exigirla. Pero, mientras nos sintamos esclavos, siempre habrá un amo que nos someta, aunque pensemos que “somos libres”.

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